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¿De quién es la vida que estás viviendo?

hace 1 día
11 min de lectura

“Los hijos están destinados a encarnar los personajes del pasado de los padres, y son desinvestidos en cuanto no cumplen este papel narcisista.”- Haydée Faimberg - (1985)


Hijos atrapados en historias ajenas y la repetición de los mandatos familiares en la pareja adulta


Introducción

¿Hasta qué punto una persona elige libremente su manera de amar? ¿Cuánto de aquello que ocurre en una relación de pareja pertenece realmente al presente y cuánto corresponde a una historia que comenzó mucho antes del nacimiento de sus protagonistas?


Desde una perspectiva psicoanalítica y transgeneracional, el sujeto no se constituye únicamente a partir de sus experiencias individuales. Nace dentro de una trama familiar que lo precede y que incluye identificaciones, expectativas, mandatos, pérdidas, secretos, duelos, conflictos y formas particulares de relacionarse con el amor y la autoridad. El niño recibe así mucho más que una educación consciente: recibe un lugar dentro de la historia familiar.


La frase de Haydée Faimberg que abre este artículo introduce una cuestión particularmente provocadora: el hijo puede llegar a ser investido por sus padres no solamente como sujeto autónomo, sino también como representante de personajes, deseos y conflictos pertenecientes a generaciones anteriores. En otras palabras, puede ser convocado —consciente o inconscientemente a ocupar un papel dentro de una historia que no comenzó con él.

Cuando esto ocurre, la dificultad aparece cuando el hijo intenta diferenciarse.


El niño que deja de representar aquello que sus padres esperan puede experimentar, dentro de esta lógica, una pérdida de reconocimiento o de lugar. De este modo, aquello que inicialmente constituye una forma de pertenencia puede transformarse posteriormente en un conflicto de individuación.


La pregunta adquiere especial relevancia cuando ese hijo llega a la adultez y establece una relación de pareja. ¿Qué ocurre cuando las expectativas, identificaciones y conflictos heredados ingresan en el vínculo amoroso?

La pareja puede convertirse entonces en el escenario donde se representan antiguos dramas familiares.


El hijo como heredero de una historia que comenzó antes de su nacimiento

La familia constituye uno de los primeros espacios en los que el ser humano aprende quién es y qué se espera de él. Antes de poder formular conscientemente una identidad propia, el niño ya ha sido ubicado dentro de una determinada narrativa familiar.


Puede ser “el hijo esperado”, “el responsable”, “el rebelde”, “el inteligente”, “el que salvará a la familia”, “el que debe continuar el apellido”, “el que debe cuidar a su madre” o “el que debe conseguir aquello que sus padres no pudieron alcanzar”.

Estas posiciones no necesariamente son expresadas de manera explícita.


A veces se transmiten a través de frases:

·         “Tú eres el hombre de la casa”.

·         “No puedes decepcionarnos”.

·         “Tienes que ser diferente a tu padre”.

·         “En nuestra familia nadie abandona”.

·         “Tu abuelo habría estado orgulloso de ti”.

·         “Tú eres lo único que tengo”.

·         “Después de todo lo que hicimos por ti...”.

Otras veces se transmiten mediante silencios, expectativas, gestos y formas de relacionarse.

El niño aprende así que su pertenencia a la familia puede estar vinculada a ocupar determinado lugar.


Desde la perspectiva de Faimberg, esto adquiere una dimensión particularmente significativa cuando las identificaciones de los padres con sus propios padres o antepasados se proyectan sobre el hijo. El niño puede convertirse en escenario de una historia que lo antecede.


Faimberg y el “telescopaje de generaciones”

El concepto de “telescopaje de generaciones”, desarrollado por Haydée Faimberg, permite pensar cómo determinadas identificaciones atraviesan las fronteras generacionales. En su artículo de 1985, la autora estudia precisamente la genealogía de determinadas identificaciones y la manera en que elementos de la historia de generaciones anteriores pueden aparecer condensados en la vida psíquica de generaciones posteriores.


La metáfora del telescopio resulta especialmente potente: diferentes generaciones parecen acercarse y superponerse dentro de la experiencia psíquica del sujeto. Así, el hijo puede terminar viviendo una historia que, en parte, pertenece a sus padres. Pero esta transmisión no necesariamente se produce mediante relatos explícitos. Puede aparecer como una expectativa inconsciente acerca de quién debe ser ese hijo.


Un padre que vivió una profunda frustración profesional puede depositar en su hijo la expectativa de alcanzar aquello que él no consiguió.


Una madre que sufrió abandono puede necesitar que su hija permanezca emocionalmente disponible para ella.

Un hombre que tuvo una relación conflictiva con su propio padre puede exigir a su hijo que sea “el hijo que él nunca pudo ser”.


En estos casos, el niño deja de ser solamente un hijo y comienza a ocupar una función dentro del mundo narcisista de sus padres.


Aquí adquiere especial fuerza la frase de Faimberg:

“Los hijos están destinados a encarnar los personajes del pasado de los padres...”.

El problema comienza cuando el hijo intenta dejar de interpretar ese personaje.


¿Qué ocurre cuando el hijo quiere ser simplemente él mismo?

La individuación supone una separación progresiva de las identificaciones familiares.

El niño necesita poder decir, simbólicamente:

“Soy tu hijo, pero no soy tú”.

Y también:

“Puedo pertenecerte sin tener que vivir tu vida”.

Sin embargo, cuando los padres han depositado en el hijo importantes expectativas narcisistas, la autonomía puede sentirse como una amenaza.


El hijo que no estudia la carrera que sus padres esperaban puede ser percibido como ingrato.

La hija que decide no continuar el modelo familiar puede ser acusada de egoísmo.

El hijo que establece una relación de pareja y comienza a priorizar su nueva familia puede ser vivido como alguien que abandona a sus padres.


La separación psicológica puede confundirse entonces con rechazo.

De esta manera, el conflicto de individuación no desaparece cuando el hijo alcanza la adultez. Puede trasladarse al ámbito de la pareja.


El amor adulto y el regreso de los personajes familiares

La pareja constituye un espacio privilegiado para la actualización de los vínculos tempranos.

En ella reaparecen preguntas que originalmente se organizaron dentro de la familia:

¿Me van a abandonar?

¿Tengo que cuidar al otro para ser amado?

¿Puedo expresar mi enojo?

¿Tengo derecho a necesitar?

¿Puedo decir que no sin perder el amor?

¿Tengo que demostrar permanentemente mi valor?

La persona llega entonces a la relación amorosa con una determinada concepción de lo que significa amar y ser amado.

Por ello, algunas elecciones de pareja pueden adquirir una dimensión transgeneracional.

No significa que alguien esté condenado a elegir una pareja igual a su padre o a su madre. Tampoco significa que cada conflicto amoroso sea consecuencia de un trauma familiar. Significa que determinadas formas de relación aprendidas tempranamente pueden convertirse en modelos internos que posteriormente influyen en la manera de vincularse.


Cuando la pareja se transforma en escenario de una historia antigua

Imaginemos a un hombre que creció sintiendo que debía ser fuerte porque su padre era emocionalmente ausente.

Durante su infancia aprendió:

“No debo necesitar a nadie”.

Ya adulto, establece una relación con una mujer que necesita cercanía emocional.

Ella busca conversar, expresar sentimientos y recibir confirmación afectiva.

Él se distancia.

Ella insiste.

Él se distancia todavía más.

Ella interpreta su distancia como falta de amor y aumenta sus demandas.

Él experimenta esas demandas como una invasión y vuelve a retirarse.


Se genera así un circuito:

necesidad de cercanía → retirada → ansiedad → mayor demanda → mayor retirada.

A primera vista, se trata de un conflicto entre dos adultos.

Pero una lectura transgeneracional puede abrir otra pregunta:


¿Qué historia familiar se está activando en cada uno?

Él podría estar reproduciendo una forma de protección que aprendió tempranamente: no necesitar para no sufrir.

Ella podría estar intentando obtener del vínculo una seguridad que históricamente estuvo ausente.

La pareja actual se convierte así en un escenario donde ambos pueden estar respondiendo no solamente al otro, sino también a experiencias anteriores.


Los secretos familiares: cuando lo que no se dice también se transmite

Pincus y Dare permiten incorporar otra dimensión fundamental: el secreto familiar.

Un secreto no es simplemente información que alguien desconoce. Puede convertirse en una organización relacional cuando existe algo que no puede ser nombrado, aunque sus efectos permanezcan presentes.


Una familia puede no hablar de una muerte, una separación, una adopción, una infidelidad, una quiebra, un conflicto o una exclusión. Sin embargo, el niño puede percibir que existe algo que no debe preguntar.


Así aprende una paradoja:

“Hay algo que todos saben, pero de lo que nadie habla”.

Este aprendizaje puede trasladarse a la pareja adulta.

El sujeto puede acostumbrarse a evitar conversaciones difíciles, ocultar emociones, negar conflictos o interpretar el silencio como una forma de protección.

Lo no dicho puede adquirir tanto peso como lo dicho.


Winnicott: comunicación, silencio e intimidad

La propuesta de Winnicott permite introducir una importante diferencia: no toda falta de comunicación constituye necesariamente un problema.

El autor reconoce la necesidad de un espacio privado del self, un territorio que no tiene que ser completamente comunicado al otro.

Esto es particularmente importante en la relación de pareja.

La intimidad no significa ausencia absoluta de secretos personales. Una relación madura necesita también reconocer que cada sujeto posee una interioridad propia.


El problema aparece cuando el silencio deja de ser una elección y se convierte en una defensa rígida.

Entonces puede aparecer:

·         silencio frente al conflicto;

·         dificultad para pedir ayuda;

·         miedo a expresar necesidades;

·         imposibilidad de poner límites;

·         ocultamiento sistemático de emociones;

·         o utilización del silencio como forma de castigo.

La historia familiar puede haber enseñado que hablar es peligroso o que determinadas emociones deben permanecer ocultas.

La pareja puede entonces convertirse en el lugar donde ese aprendizaje vuelve a aparecer.


Sandler y los papeles que se crean dentro del vínculo

El concepto de role-responsiveness de Joseph Sandler aporta otra herramienta para comprender estos procesos.

Las personas no interactúan solamente como individuos aislados. En determinados vínculos pueden inducirse mutuamente a ocupar ciertos papeles.


Uno puede convertirse en “el que cuida” y el otro en “el que necesita ser cuidado”.

Uno puede convertirse en “el que controla” y el otro en “el que escapa”.

Uno puede ser “el adulto responsable” y el otro “el hijo dependiente”.

Lo interesante es que estos roles pueden reforzarse mutuamente.

Por ejemplo:

Uno controla porque teme perder al otro.

El otro se distancia porque se siente controlado.

El primero interpreta la distancia como confirmación de su miedo.

Entonces controla todavía más.

La pareja termina representando una danza relacional que ninguno de los dos necesariamente decidió conscientemente.


El mandato invisible: “sé quien necesito que seas”

Aquí aparece uno de los puntos más provocadores de la perspectiva de Faimberg.

¿Qué sucede cuando un hijo no puede simplemente ser quien es?

¿Qué ocurre cuando su valor depende de representar un personaje?

El hijo puede aprender que el amor tiene una condición:

“Te quiero si eres aquello que necesito que seas”.


En la adultez, este mandato puede reaparecer en la pareja:

“Si me amas, tienes que necesitarme”.

“Si me amas, debes estar siempre disponible”.

“Si me amas, no puedes contradecirme”.

“Si me amas, debes hacer lo que yo espero”.

De este modo, el vínculo amoroso puede transformarse en una repetición del vínculo infantil: el amor se confunde con el cumplimiento de un papel.


La persona ya no pregunta solamente:

“¿Quién eres?”

sino:

“¿Puedes ser el personaje que necesito que seas?”


La pareja como lugar de repetición, pero también de transformación

La perspectiva transgeneracional adquiere su verdadero sentido cuando permite comprender que repetir no es inevitable.

Una persona puede reconocer:

“Estoy tratando a mi pareja como mi madre me trataba a mí”.

Pero ese reconocimiento no implica necesariamente que dejará de hacerlo inmediatamente.

El conocimiento intelectual es solamente el comienzo.

La elaboración requiere reconocer la emoción que sostiene la repetición:

·         miedo;

·         culpa;

·         necesidad de pertenecer;

·         temor al abandono;

·         necesidad de reconocimiento;

·         deseo de reparar;

·         o dificultad para tolerar la separación.

La transformación comienza cuando el sujeto puede diferenciar:

“Esto pertenece a mi historia, pero no necesariamente tiene que gobernar mi presente”.


¿Podemos dejar de ser personajes?

Quizás una de las preguntas centrales que plantea la perspectiva transgeneracional sea precisamente esta:


¿Quién soy cuando dejo de interpretar el personaje que mi familia necesitaba que fuera?

El hijo puede descubrir que no tiene que reparar el matrimonio de sus padres.

Que no tiene que compensar las frustraciones de sus progenitores.

Que no tiene que convertirse en el adulto responsable de la familia.

Que no tiene que continuar una tradición únicamente para garantizar pertenencia.


Y, en el terreno amoroso, puede descubrir que su pareja tampoco tiene que representar el papel que alguna vez desempeñó su madre, su padre o cualquier otra figura significativa.


La pareja puede dejar entonces de ser un escenario para repetir la historia familiar y convertirse en un espacio donde dos sujetos adultos construyen una historia nueva.


Una mirada más amplia: del conflicto individual a la trama familiar

Los desarrollos posteriores del pensamiento psicoanalítico y vincular han profundizado la idea de que el psiquismo se construye en relación con otros.

René Kaës ha desarrollado ampliamente el concepto de transmisión psíquica entre generaciones, incluyendo aquello que se transmite sin haber sido necesariamente elaborado por quienes lo transmiten. Sus trabajos permiten pensar cómo el grupo familiar participa en la constitución psíquica del sujeto.


Didier Anzieu, desde otra perspectiva, desarrolló el concepto de “yo-piel”, destacando la función de los vínculos tempranos y de las experiencias de contención en la constitución del aparato psíquico.


Serge Tisseron, por su parte, ha estudiado específicamente la transmisión de secretos y acontecimientos no elaborados, diferenciando las modalidades mediante las cuales un acontecimiento puede atravesar varias generaciones.


Estos desarrollos permiten ampliar la pregunta inicial: no se trata solamente de aquello que los padres dicen a sus hijos, sino también de aquello que no pudieron elaborar, representar o simbolizar.

La transmisión puede producirse, entonces, a través de palabras, silencios, actitudes, identificaciones y modalidades vinculares.


¿De quién es la vida que estás viviendo?

Esta pregunta resume el núcleo de la problemática.

¿De quién es la vida que estás viviendo?

No para negar la influencia de la familia.

No para culpar a los padres.

No para buscar un acontecimiento traumático que explique cada conflicto.

Sino para comenzar a distinguir.

¿Qué parte de mi historia me pertenece?

¿Qué expectativas recibí?

¿Qué mandatos heredé?

¿Qué personajes familiares he intentado representar?

¿Qué cosas intento reparar?

¿Qué cosas intento evitar?

¿Qué formas de amar aprendí?

¿Y cuáles quiero conservar, transformar o abandonar?


La pregunta se vuelve todavía más profunda cuando aparece en la pareja:

¿Estoy encontrándome con la persona que tengo delante o estoy intentando que ocupe un lugar que pertenece a mi historia familiar?


Conclusión

Los hijos reciben de sus familias mucho más que nombres, apellidos y relatos. Reciben formas de mirar, de amar, de temer, de protegerse y de relacionarse con los demás.

Desde la perspectiva de Faimberg, algunas de estas transmisiones pueden involucrar identificaciones en las que el hijo queda situado como representante de personajes pertenecientes al pasado de sus padres.


Los aportes de Freud permiten situar estas cuestiones dentro de una reflexión más amplia sobre transmisión, prohibición y continuidad cultural. Pincus y Dare permiten pensar el peso de los secretos y de aquello que la familia no puede elaborar abiertamente. Winnicott aporta la complejidad de la comunicación y de la intimidad; Sandler permite observar cómo determinados roles se actualizan en los vínculos; mientras Schützenberger y van Eersel desarrollan aproximaciones transgeneracionales y psicogenealógicas centradas en la historia familiar.


Los aportes posteriores de Kaës y Tisseron permiten profundizar esta perspectiva desde la transmisión psíquica, los vínculos entre generaciones y los efectos de aquello que no ha podido ser elaborado o simbolizado.


La pregunta fundamental no es, entonces, “¿qué hicieron mis padres?”, sino:

“¿Qué lugar me dieron en su historia y qué hago hoy con ese lugar?”

Y en la pareja aparece una segunda pregunta, todavía más incómoda:

“¿Estoy amando a la persona que tengo delante o estoy intentando que ella interprete un personaje que aprendí a necesitar mucho antes de conocerla?”


La transmisión transgeneracional puede entenderse así como una tensión permanente entre herencia y libertad. Nadie comienza desde cero: cada sujeto llega al mundo dentro de una historia que lo precede. Pero tampoco está obligado a terminarla de la misma manera.


La posibilidad de transformación aparece precisamente cuando aquello que antes era vivido como destino comienza a convertirse en objeto de reflexión.


Porque quizá madurar no consista en dejar atrás la historia familiar, sino en poder decir:

“Esta historia también es parte de mí, pero ya no tiene que ser toda mi historia”.


Para seguir profundizando

Comprender estas dinámicas puede abrir preguntas fundamentales sobre la historia personal, los vínculos familiares y las relaciones de pareja. Explorar estos temas con una mirada clínica permite pasar de la repetición automática a una mayor conciencia de los lugares que ocupamos y de las historias que llevamos.


En Salud en Perspectiva te esperamos para poder abordar este tema, profundizar en sus dimensiones familiares y vinculares, y abrir un espacio de reflexión sobre aquello que heredamos y aquello que podemos transformar.


Bibliografía

Faimberg, H. (1985). El telescopaje de generaciones: la genealogía de ciertas identificaciones. Revista de Psicoanálisis, 42(5), 1043–1056.

Freud, S. (1913). Tótem y tabú. En Obras completas, Tomo XIII. Buenos Aires: Amorrortu.

Kaës, R. (1996). Transmission de la vie psychique entre générations. Paris: Dunod.

Pincus, L., & Dare, C. (1982). Secretos en la familia. Santiago de Chile: Cuatro Vientos.

Sandler, J. (1976). Countertransference and Role-Responsiveness. International Review of Psycho-Analysis, 3, 43–47.

Schützenberger, A. A. (2005). ¡Ay, mis ancestros!. Buenos Aires: Aguilar.

Tisseron, S. (1997). Secrets de famille: mode d'emploi. Paris: Ramsay.

Van Eersel, P., & Maillard, C. (2004). Mis antepasados me duelen. Barcelona: Ediciones Obelisco.

Winnicott, D. W. (1963). Communicating and not communicating leading to a study of certain opposites. En The Maturational Processes and the Facilitating Environment. London: The Hogarth Press, 1965.

Winnicott, D. W. (1971). Realidad y juego. Barcelona: Gedisa.

 

 
 
 

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