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Adicciones: ¿De qué estamos intentando escapar?

Una mirada a las adicciones desde la infancia hasta la vejez


Adicciones

La adicción no aparece de repente.

No suele existir un día concreto en el que una persona pase de un comportamiento completamente controlado a una situación de dependencia. Más frecuentemente, se produce un proceso gradual en el que interactúan múltiples factores: la historia personal, la biología, el desarrollo cerebral, las relaciones familiares, las experiencias adversas, el contexto social, las oportunidades disponibles, la salud mental, las condiciones económicas y las formas que cada persona ha aprendido para enfrentar el estrés y el sufrimiento. Por eso, si realmente queremos comprender las adicciones, debemos dejar de observarlas exclusivamente desde el momento en que se manifiestan y comenzar a mirarlas desde una perspectiva de ciclo vital.


Una persona no tiene las mismas necesidades emocionales a los 5, 15, 30, 50 o 75 años. Tampoco enfrenta los mismos riesgos, dispone de los mismos recursos ni atraviesa las mismas crisis.

Pero existe una dimensión que puede atravesar todas las etapas:


la búsqueda de una forma de regular aquello que resulta difícil de soportar.

Esto no significa que toda adicción tenga su origen en la infancia ni que toda persona que haya vivido experiencias adversas vaya a desarrollar una conducta adictiva.


Las adicciones son fenómenos multifactoriales. En ellas pueden intervenir factores genéticos, neurobiológicos, psicológicos, familiares, sociales, económicos, culturales y ambientales. Ninguno de estos elementos, por sí solo, permite explicar la trayectoria de una persona.


La misma experiencia puede tener efectos completamente diferentes en individuos distintos.

Dos niños pueden crecer en condiciones similares y desarrollar trayectorias completamente diferentes. Una persona puede atravesar una infancia difícil y desarrollar una enorme capacidad de resiliencia, mientras otra puede quedar más vulnerable frente al estrés, la ansiedad o determinadas conductas de recompensa. Por ello, hablar de factores de riesgo no significa hablar de destinos inevitables. Significa hablar de probabilidades, vulnerabilidades y oportunidades de prevención.


La Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce dentro de los trastornos debidos a comportamientos adictivos el trastorno por juego de apuestas y el trastorno por videojuegos, mientras que los trastornos por consumo incluyen numerosas sustancias, entre ellas alcohol, nicotina, cannabis, estimulantes, opioides, sedantes y otras sustancias psicoactivas.

Por lo tanto, hablar de adicciones exige hablar de personas, contextos y trayectorias, no solamente de sustancias o comportamientos.


1. Primera infancia: cuando todavía no existe la adicción, pero comienza a construirse la vulnerabilidad

Hablar de adicciones durante los primeros años de vida exige una precisión fundamental:

un niño pequeño no necesita tener una adicción para estar siendo afectado por factores que posteriormente pueden aumentar el riesgo de desarrollarla.

La primera infancia constituye una etapa decisiva para el desarrollo de la regulación emocional, el apego, la confianza básica, las habilidades sociales y las primeras estrategias para enfrentar el estrés.

Durante estos años, el niño aprende fundamentalmente a través de sus relaciones.


Aprende algo esencial:

“¿Qué hago cuando tengo miedo, cuando estoy triste, cuando me frustro o cuando necesito ayuda?”

Cuando encuentra adultos disponibles, protectores y emocionalmente sensibles, comienza a desarrollar una experiencia fundamental: el malestar puede ser compartido, comprendido y regulado.

Un niño puede llorar y ser consolado.

Puede equivocarse y recibir orientación.

Puede sentir miedo y encontrar protección.

Puede frustrarse y aprender progresivamente a tolerar esa emoción.


De esta manera, las relaciones tempranas contribuyen a construir herramientas internas que serán utilizadas durante toda la vida. Pero cuando existe violencia, negligencia, abandono, abuso, inseguridad, conflictos familiares intensos o ausencia de cuidados consistentes, el niño puede verse obligado a desarrollar estrategias de adaptación frente a un ambiente que percibe como impredecible o amenazante.


Esto no significa que la adversidad produzca automáticamente una adicción. Significa que puede modificar determinadas condiciones de vulnerabilidad.


La evidencia acumulada sobre experiencias adversas en la infancia muestra asociaciones entre adversidad temprana y diversos problemas posteriores de salud mental y consumo de sustancias. Entre los mecanismos potenciales se encuentran dificultades en la regulación emocional, alteraciones en la respuesta al estrés, estrategias de afrontamiento menos adaptativas y dificultades en las relaciones interpersonales.


Por eso, una política seria de prevención de las adicciones no puede comenzar únicamente cuando aparece la droga.

Comienza mucho antes.

Comienza cuando nace el niño.

Comienza con la protección.

Con el vínculo.

Con la disponibilidad emocional de los adultos.

Con la reducción de la violencia.

Con el acceso a cuidados adecuados.

Con la posibilidad de crecer en ambientes suficientemente previsibles y seguros.


Prevenir una adicción, en este sentido, también significa construir condiciones que permitan que un niño aprenda algo aparentemente sencillo, pero extraordinariamente importante:


“Puedo sentirme mal sin tener que destruirme para dejar de sentirlo.”


2. Infancia escolar: cuando se aprende cómo manejar el malestar

Entre los 6 y los 11 años, el mundo del niño comienza a ampliarse considerablemente. Aparecen la escuela, los compañeros, las comparaciones, el rendimiento académico, las normas sociales, el reconocimiento, la competencia y una mayor autonomía.


El niño comienza a preguntarse no solamente quién es dentro de su familia, sino también quién es frente a los demás.


En esta etapa pueden observarse dificultades que, si no son acompañadas adecuadamente, pueden convertirse en factores de riesgo posteriores: impulsividad, dificultades para regular emociones, problemas de conducta, aislamiento, baja autoestima, fracaso escolar, dificultades para establecer vínculos o sensación persistente de no pertenecer.


Pero existe también una oportunidad extraordinaria:

el niño todavía está aprendiendo.

Puede aprender a identificar sus emociones.

Puede aprender a tolerar la frustración.

Puede aprender que perder no significa ser un fracaso.

Puede aprender que pedir ayuda no significa ser débil.

Puede aprender a resolver conflictos sin recurrir a la violencia.

Puede aprender a esperar.

Puede descubrir actividades gratificantes que no impliquen consumo ni conductas compulsivas.

Puede experimentar que existen diferentes maneras de sentirse bien.


Aquí aparece un principio fundamental:

la prevención de las adicciones no consiste únicamente en enseñar qué sustancias son peligrosas; consiste en enseñar habilidades para vivir.

Una intervención preventiva eficaz no debería limitarse a decirle a un niño “las drogas son malas”.

También debería enseñarle qué hacer cuando está triste.

Cómo manejar la rabia.

Cómo enfrentar el rechazo.

Cómo pedir ayuda.

Cómo tolerar el aburrimiento.

Cómo resolver un conflicto.

Cómo construir amistades.

Cómo reconocer cuándo una situación lo supera.


La evidencia científica sobre prevención respalda la importancia de fortalecer factores protectores individuales, familiares, escolares y comunitarios. Por eso, una escuela que enseña matemáticas, lenguaje, ciencias e historia, pero no enseña convivencia, regulación emocional, resolución de conflictos y búsqueda de ayuda, está dejando fuera una dimensión fundamental del desarrollo humano.

La educación preventiva comienza mucho antes de que aparezca una sustancia.


3. Adolescencia: cuando la búsqueda de identidad puede encontrarse con el riesgo

La adolescencia representa uno de los momentos más complejos del ciclo vital. El adolescente necesita separarse progresivamente de las figuras parentales, construir una identidad propia, buscar pertenencia, explorar límites y experimentar autonomía. Al mismo tiempo, su cerebro todavía se encuentra en desarrollo.


La búsqueda de novedad, la sensibilidad a las recompensas, la influencia de los pares y las dificultades propias del proceso de maduración pueden interactuar con determinados factores ambientales.


Aparece entonces una combinación particularmente relevante:

“Quiero experimentar.”

“Quiero pertenecer.”

“Quiero sentir.”

“Quiero ser independiente.”

“Todavía estoy aprendiendo a anticipar las consecuencias de mis decisiones.”


En este contexto, las sustancias pueden adquirir significados que van mucho más allá de sus efectos farmacológicos.

Pueden representar pertenencia.

Rebeldía.

Curiosidad.

Prestigio.

Una forma de afrontar la ansiedad.

Una manera de escapar de problemas familiares.

Una estrategia para sentirse aceptado.

O simplemente una experiencia placentera que comienza a repetirse.


El problema aparece cuando una conducta que inicialmente puede haber sido exploratoria, social o recreativa comienza a ocupar progresivamente un lugar desproporcionado en la vida de la persona.

Pero esta etapa también está marcada por nuevas formas de comportamiento potencialmente adictivo.

Los videojuegos, las redes sociales, las apuestas digitales y otros sistemas de recompensa pueden integrarse profundamente en la vida cotidiana de los adolescentes.


Es importante evitar el alarmismo.

Usar videojuegos no significa tener un trastorno por videojuegos.

Utilizar redes sociales tampoco significa desarrollar una adicción.

La diferencia entre un comportamiento frecuente y un trastorno clínico no está simplemente en el número de horas dedicadas a una actividad.

La pregunta es qué está ocurriendo con el control, la prioridad que adquiere la conducta y sus consecuencias.


En el trastorno por videojuegos, por ejemplo, la OMS señala elementos como la pérdida de control sobre el juego, el aumento de la prioridad otorgada a esta actividad y la continuidad del comportamiento a pesar de consecuencias negativas significativas.


La misma distinción resulta fundamental al hablar de apuestas.

No toda persona que apuesta tiene un trastorno por juego de apuestas. Sin embargo, la disponibilidad permanente de apuestas a través de teléfonos inteligentes y plataformas digitales modifica considerablemente el escenario de exposición, especialmente entre niños, adolescentes y jóvenes.

La digitalización ha reducido las barreras de acceso. Ya no es necesario acudir físicamente a un establecimiento.


La actividad puede estar disponible las 24 horas, integrada en dispositivos personales y acompañada de publicidad, promociones y mecanismos diseñados para mantener la participación.

Por eso, la prevención actual debe comprender también el entorno digital.


4. Juventud: cuando la libertad puede convertirse en exposición

Entre el final de la adolescencia y la adultez joven se produce una transición decisiva. La persona puede comenzar a vivir sola, ingresar a la universidad, incorporarse al mundo laboral, establecer relaciones afectivas, asumir responsabilidades económicas y construir un proyecto de vida.

La libertad aumenta. Pero también aumenta la responsabilidad.


Y con ella pueden aparecer nuevas fuentes de estrés:

  • presión académica;

  • desempleo;

  • precariedad económica;

  • rupturas afectivas;

  • soledad;

  • ansiedad;

  • presión social;

  • consumo dentro de determinados grupos;

  • acceso independiente a sustancias;

  • apuestas en línea;

  • uso intensivo de tecnologías.


La juventud puede convertirse así en un período en el que las estrategias aprendidas durante etapas anteriores comienzan a ponerse a prueba.


Una persona que ha desarrollado distintas formas de regular el estrés dispone de más alternativas.

Puede hablar con alguien.

Hacer ejercicio.

Descansar.

Resolver el problema.

Pedir ayuda.

Alejarse de una situación.

Buscar apoyo profesional.

En cambio, una persona que ha aprendido fundamentalmente a escapar del malestar puede recurrir con mayor facilidad a aquello que proporciona alivio inmediato.


Y aquí aparece una característica central de muchas conductas adictivas:

el cerebro aprende rápidamente aquello que produce recompensa o alivio.

La conducta se repite.

La repetición fortalece el aprendizaje.

El aprendizaje puede transformarse en hábito.

El hábito puede adquirir cada vez mayor prioridad.

Y progresivamente otras áreas de la vida pueden comenzar a desplazarse.


Cuando la persona intenta detener la conducta, puede aparecer malestar, ansiedad, irritabilidad, deseo intenso o una sensación de vacío, dependiendo del tipo de conducta o sustancia y del grado de dependencia.


Se establece entonces un círculo:

malestar → conducta → alivio → repetición → pérdida de control → consecuencias → nuevo malestar → búsqueda de alivio.


La paradoja es profunda:

la conducta que comenzó como una solución para reducir el sufrimiento puede terminar convirtiéndose en una fuente adicional de sufrimiento.


5. Adultez: cuando la adicción comienza a afectar a toda una familia

En la adultez, las consecuencias de una adicción pueden multiplicarse. La persona ya no solamente está afectando su propia vida.

Puede existir una pareja.

Hijos.

Padres mayores.

Responsabilidades económicas.

Un empleo.

Una profesión.

Una empresa.

Una vivienda.

Una comunidad.

Por eso, una adicción adulta puede convertirse en un fenómeno que afecta a todo el sistema familiar.


El consumo problemático de alcohol de un padre puede modificar profundamente la experiencia emocional de sus hijos.


Las deudas asociadas al juego pueden afectar la alimentación, la vivienda o la estabilidad económica de una familia.


Una persona que pasa gran parte del día consumiendo sustancias puede disminuir su disponibilidad emocional para sus hijos. Un adulto absorbido por una conducta digital puede estar físicamente presente, pero emocionalmente ausente.


Y aquí aparece una paradoja dolorosa:

la persona intenta aliviar su propio sufrimiento mientras, sin necesariamente pretenderlo, puede estar generando sufrimiento en quienes la rodean.

Las consecuencias familiares no son un elemento secundario. Son parte del problema y deben formar parte de la respuesta. En el caso del juego de apuestas, por ejemplo, los daños pueden incluir problemas económicos, deterioro de las relaciones, violencia familiar, problemas de salud mental y desatención de los niños. Por ello, tratar una adicción adulta no significa solamente ayudar al individuo.


También significa proteger a quienes dependen de él.

Significa evaluar el funcionamiento familiar.

Significa identificar riesgos para los hijos.

Significa intervenir cuando existen violencia, negligencia o problemas económicos graves.

Y significa comprender que la recuperación de una persona puede convertirse también en una oportunidad de reparación para toda una familia.


6. La crisis de la mitad de la vida: cuando el pasado vuelve disfrazado de presente

Existe una etapa que suele quedar relativamente olvidada en las conversaciones sobre adicciones: la adultez media. Entre los 40 y los 60 años pueden aparecer acontecimientos capaces de modificar profundamente la estructura emocional de una persona:

la pérdida del empleo,

una separación,

problemas económicos,

enfermedades,

cambios corporales,

el envejecimiento de los padres,

la salida de los hijos del hogar,

una crisis de pareja,

la pérdida de amistades,

o la sensación de no haber alcanzado las metas que alguna vez parecían posibles.


Puede aparecer una pregunta incómoda:

“¿Esto era la vida que quería?”

Algunas personas atraviesan estos procesos utilizando recursos saludables.

Otras pueden recurrir nuevamente a mecanismos aprendidos años atrás.

El alcohol puede convertirse en una forma de anestesiar la frustración.

El juego puede ofrecer excitación y la fantasía de una solución económica.

Las compras pueden proporcionar gratificación inmediata.

El trabajo puede transformarse en una forma compulsiva de evitar la vida personal.

La tecnología puede convertirse en un espacio permanente de escape.


En este sentido, una adicción puede aparecer no solamente como consecuencia de acontecimientos ocurridos en el pasado, sino también como respuesta a una crisis actual que reactiva vulnerabilidades anteriores.


Por eso resulta insuficiente afirmar:

“Todo viene de la infancia”.

La infancia importa.

Pero también importa lo que ocurre a los 45 años.

Importa el divorcio.

Importa el desempleo.

Importa el duelo.

Importa la soledad.

Importa la enfermedad.

Importa la sensación de fracaso.

Importa la ausencia de propósito.

Una perspectiva de ciclo vital no busca encontrar una única causa.

Busca comprender cómo diferentes experiencias se van acumulando e interactuando a lo largo del tiempo.


7. Vejez: la adicción no desaparece con la edad

Existe otro error frecuente: pensar que las adicciones son principalmente un problema de adolescentes y adultos jóvenes: No es así. Las personas mayores también pueden presentar trastornos relacionados con alcohol, medicamentos, tabaco, juego y otras conductas. Sin embargo, esta etapa presenta circunstancias particulares.


La jubilación puede significar una pérdida de estructura cotidiana.

La muerte de la pareja puede producir un profundo sentimiento de soledad.

Los hijos pueden vivir lejos.

Puede disminuir la red social.

Pueden reducirse los ingresos.

Pueden aparecer limitaciones funcionales.

Puede existir dolor.

Puede aparecer duelo.

Puede disminuir la sensación de propósito.

Y, frente a estas pérdidas, algunas personas pueden recurrir a sustancias o conductas como una forma de afrontar el cambio.


La jubilación, una separación, una lesión o la muerte de un ser querido pueden constituir acontecimientos vitales relevantes dentro del riesgo de desarrollar problemas relacionados con el juego.


En las personas mayores existe además una consideración clínica especialmente importante: los cambios fisiológicos propios del envejecimiento pueden modificar la forma en que el organismo procesa determinadas sustancias y aumentar el riesgo de interacciones con medicamentos. Por ello, el consumo que aparentemente puede haber sido tolerado durante décadas puede adquirir consecuencias diferentes en edades avanzadas.


La prevención y el tratamiento no pueden limitarse, por tanto, a adolescentes y adultos jóvenes.

La adicción puede presentarse en cualquier etapa de la vida. Y cada etapa requiere una comprensión particular.


8. Lo que cambia con la edad y lo que permanece

Cuando observamos el ciclo vital completo aparece una reflexión especialmente interesante. El objeto de la conducta adictiva puede cambiar. Pero determinadas necesidades humanas permanecen.


En la infancia:

“Necesito sentirme seguro.”

En la adolescencia:

“Necesito pertenecer.”

En la juventud:

“Necesito sentirme alguien.”

En la adultez:

“Necesito soportar mis responsabilidades.”

En la mitad de la vida:

“Necesito encontrar sentido.”

En la vejez:

“Necesito afrontar las pérdidas y no sentirme solo.”


Las sustancias y determinadas conductas pueden convertirse, en algunas personas, en respuestas frente a esas necesidades.

Alcohol.

Tabaco.

Cannabis.

Cocaína.

Opioides.

Sedantes.

Medicamentos.

Juego.

Videojuegos.

Internet.

Compras.

Trabajo.

Otras conductas repetitivas.


Pero es importante no caer en la idea de que todas estas actividades son equivalentes ni de que cualquier uso frecuente constituye un trastorno adictivo. La clasificación científica actual distingue entre los trastornos por consumo de sustancias y los trastornos debidos a determinadas conductas adictivas. La clave clínica no es simplemente cuánto hace una persona algo.


La pregunta es:

¿ha perdido el control?

¿La conducta ha adquirido una prioridad creciente?

¿Continúa a pesar de consecuencias negativas significativas?

Estas preguntas permiten diferenciar un comportamiento cotidiano, incluso intenso, de un problema clínico que requiere evaluación y, eventualmente, tratamiento.


9. De la infancia a la vejez: la adicción como trayectoria, no como instante

Una mirada de ciclo vital permite construir un modelo más amplio. Podemos imaginar la trayectoria de esta manera:


Experiencias tempranas

Desarrollo de estrategias de regulación emocional

Factores de vulnerabilidad y factores protectores

Nuevas experiencias vitales

Exposición a sustancias o conductas gratificantes

Aprendizaje de recompensa o alivio

Repetición

Aumento de la prioridad de la conducta

Pérdida progresiva de control

Consecuencias personales, familiares y sociales

Mayor malestar

Nueva búsqueda de alivio

Círculo adictivo


Pero existe un elemento fundamental que este esquema no debe ocultar:

el proceso también puede romperse.


Una infancia adversa no tiene por qué terminar en una adultez marcada por una adicción.

Un adolescente que comienza a experimentar con sustancias puede detenerse.

Un adulto con una conducta problemática puede recuperarse.

Una persona que lleva años con un trastorno adictivo puede iniciar tratamiento.

Una persona mayor puede reconstruir sus vínculos y encontrar nuevas fuentes de sentido.

La trayectoria no está escrita de antemano.

La historia influye.

Pero la historia no determina completamente el futuro.


10. Los factores protectores también recorren toda la vida

Si los factores de riesgo cambian durante el ciclo vital, los factores protectores también cambian.


Durante la infancia pueden ser fundamentales:

vínculos seguros, protección, cuidado, estabilidad y disponibilidad emocional.


Durante la edad escolar:

habilidades socioemocionales, pertenencia, apoyo educativo, reconocimiento y relaciones positivas.


Durante la adolescencia:

familia disponible, amigos protectores, sentido de pertenencia, actividades significativas y proyectos de futuro.


Durante la juventud:

educación, empleo, redes sociales saludables, autonomía y capacidad para pedir ayuda.


Durante la adultez:

relaciones significativas, estabilidad, propósito, apoyo social y capacidad para enfrentar las crisis.


Durante la vejez:

vínculos, participación social, autonomía, propósito, acompañamiento y oportunidades para mantenerse activo dentro de la comunidad.

Esto obliga a cambiar el concepto tradicional de prevención.

Prevenir no significa solamente evitar una droga.

Prevenir significa construir una vida en la que una persona disponga de suficientes recursos internos y externos para afrontar el sufrimiento sin necesitar escapar constantemente de él.


11. La pregunta incómoda: ¿qué estamos haciendo como sociedad?

Resulta sencillo responsabilizar exclusivamente a la persona con una adicción. Es mucho más difícil preguntarnos qué condiciones sociales estamos construyendo.


Vivimos en una época en la que numerosas industrias compiten por nuestra atención.

La tecnología permite acceso permanente.

Las apuestas pueden entrar directamente en el teléfono.

La publicidad puede acompañar al deporte.

Las plataformas digitales pueden utilizar mecanismos destinados a mantener la interacción.


El alcohol se encuentra profundamente normalizado en numerosos contextos sociales. Y determinados comportamientos compulsivos pueden incluso recibir reconocimiento social.

La digitalización ha modificado particularmente el escenario de las apuestas.

La disponibilidad es mayor.

El acceso es más rápido.

La exposición puede ser permanente.

La publicidad puede alcanzar a públicos muy amplios.

Y la frontera entre entretenimiento, consumo y conducta potencialmente problemática puede hacerse menos visible. Por tanto, no podemos trasladar toda la responsabilidad al individuo.


Existe responsabilidad personal. Pero también existe responsabilidad familiar, educativa, sanitaria, comunitaria, empresarial y política. La prevención de las adicciones requiere actuar simultáneamente sobre las personas y sobre los contextos en los que esas personas viven. No podemos pedirle a un individuo que tenga un autocontrol extraordinario mientras construimos entornos diseñados para maximizar la exposición, la gratificación inmediata y la repetición.


12. Una nueva manera de mirar a la persona con una adicción

Quizás necesitamos dejar de mirar a la persona con una adicción como alguien que simplemente “no tiene voluntad”.

Si la voluntad por sí sola fuera suficiente, muchas personas no pasarían años intentando detener una conducta que saben que les está causando daño.

La adicción puede involucrar procesos de aprendizaje, recompensa, hábitos, regulación emocional, contexto social y mecanismos neurobiológicos.

Comprender esto no significa eliminar la responsabilidad.

Significa comprender mejor qué necesitamos modificar.

Pero tampoco debemos caer en el extremo contrario:


“No puede evitarlo, por lo tanto no tiene ninguna responsabilidad.”

Comprender la adicción no significa negar la capacidad de decisión. Significa reconocer que la capacidad de elegir puede verse afectada por múltiples factores y que recuperar el control puede requerir apoyo, tratamiento, tiempo y cambios en el entorno.


La persona no debe ser reducida a su conducta.

No es “el alcohólico”.

No es “el ludópata”.

No es “el drogadicto”.

Es una persona que presenta un problema de salud que puede ser evaluado, tratado y, en muchos casos, transformado. Cuando dejamos de juzgar a la persona y comenzamos a comprender la conducta, se abre una posibilidad diferente:

intervenir.


13. La gran tarea: intervenir antes de que aparezca la adicción

Si realmente queremos disminuir las adicciones, debemos abandonar la idea de que la prevención comienza cuando una persona ya consume.

La prevención comienza mucho antes.

Comienza cuando enseñamos a un niño a reconocer una emoción.

Cuando enseñamos a tolerar la frustración.

Cuando un adolescente descubre que puede pertenecer a un grupo sin consumir.

Cuando un joven aprende a pedir ayuda antes de que el problema se vuelva inmanejable.

Cuando un adulto recibe atención frente a una crisis.

Cuando una familia puede acceder oportunamente a apoyo psicológico y social.

Cuando una persona mayor encuentra vínculos y actividades que le permiten conservar un sentido de propósito.

Cuando reducimos la violencia familiar.

Cuando fortalecemos las comunidades.

Cuando construimos espacios donde pertenecer no dependa del consumo.

Y cuando dejamos de considerar el sufrimiento psicológico como una debilidad.

La prevención no es una única intervención.

Es una cadena de oportunidades.


Cada etapa del ciclo vital ofrece una posibilidad diferente de intervenir. Y cuanto antes se identifican los factores de riesgo y se fortalecen los factores protectores, mayores pueden ser las posibilidades de modificar una trayectoria antes de que se consolide un trastorno.


Conclusión: No se trata solamente de dejar una sustancia o una conducta; se trata de aprender otra manera de vivir


Tal vez la pregunta más habitual frente a una adicción sea:

“¿Por qué no puede parar?”

Pero quizá deberíamos comenzar con otra pregunta:

“¿Qué función cumple aquello que no puede dejar?”

Y después formular una tercera:

“¿Qué recursos necesita para poder vivir sin ello?”

Estas preguntas cambian completamente la mirada.


Si una persona utiliza una sustancia para calmar su ansiedad, retirar la sustancia puede ser necesario, pero quizá no sea suficiente. También será necesario comprender la ansiedad y desarrollar otras formas de regularla.


Si utiliza el juego para escapar de la soledad, detener el juego puede ser fundamental, pero también será necesario reconstruir vínculos y encontrar otras fuentes de gratificación y pertenencia.


Si utiliza las pantallas para evitar emociones dolorosas, limitar el tiempo de exposición puede ser útil, pero probablemente será insuficiente si la persona no aprende a relacionarse de otra manera con esas emociones.


Si utiliza el alcohol para dormir, habrá que preguntarse qué está ocurriendo con su sueño, su estrés, su salud física y su salud mental.


Por eso, el objetivo del tratamiento no debería ser únicamente quitar el objeto de la adicción.

Debe ser ayudar a la persona a desarrollar suficientes recursos internos y externos para que aquello que antes parecía imprescindible deje de serlo.


La recuperación no consiste solamente en dejar de hacer algo. También consiste en aprender a hacer otras cosas.

Aprender a tolerar.

Aprender a esperar.

Aprender a pedir ayuda.

Aprender a vincularse.

Aprender a manejar la frustración.

Aprender a afrontar el duelo.

Aprender a vivir con incertidumbre.

Aprender a encontrar placer sin autodestruirse.

Aprender, finalmente, a permanecer frente al malestar sin necesitar escapar inmediatamente de él.

Y aquí aparece una de las reflexiones más importantes:


No todas las adicciones comienzan en la infancia, pero muchas historias de vulnerabilidad sí.

La adolescencia puede amplificar determinados riesgos.

La juventud puede convertir determinadas conductas en hábitos.

La adultez puede consolidarlas.

Las crisis vitales pueden reactivarlas.

Y la vejez puede presentar nuevos escenarios de riesgo.

Por eso debemos dejar de pensar la adicción como un acontecimiento aislado y comenzar a comprenderla como una trayectoria humana que puede modificarse en cualquier momento del ciclo vital.


Siempre existe la posibilidad de intervenir.

A veces será necesario intervenir sobre la persona.

Otras veces, sobre la familia.

En ocasiones, sobre la escuela.

En otras, sobre el entorno laboral, comunitario o digital.

Y muchas veces será necesario intervenir sobre varios niveles simultáneamente.

Porque ningún niño debería tener que aprender a anestesiarse para sobrevivir.

Ningún adolescente debería necesitar una sustancia para sentirse parte de algo.

Ningún adulto debería necesitar destruirse para soportar su vida.

Y ninguna persona mayor debería tener que refugiarse en una conducta compulsiva para soportar la soledad.

La verdadera prevención de las adicciones no comienza enseñándonos únicamente a rechazar una sustancia.

Comienza enseñándonos a construir una vida de la que no necesitemos escapar.


Bibliografía

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