La infancia, el patio trasero de nuestra mente...
- Pedro Valencia Iribarren

- hace 6 horas
- 20 min de lectura

Una aproximación desde la psicología clínica, la perspectiva sistémica familiar y el enfoque informado en trauma
Introducción
La salud mental se ha convertido en uno de los principales desafíos sanitarios, sociales y humanos del siglo XXI. Las cifras internacionales muestran una realidad que ya no puede ser interpretada como un problema exclusivamente individual: aproximadamente una de cada siete personas en el mundo vive con algún trastorno mental. En 2021, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estimó que alrededor de 1.100 millones de personas presentaban un trastorno mental, siendo los trastornos de ansiedad y los trastornos depresivos algunos de los más frecuentes. A pesar de la disponibilidad de intervenciones eficaces, la mayoría de las personas que necesitan atención no accede a servicios adecuados.
Cuando trasladamos esta realidad a la infancia y la adolescencia, la problemática adquiere una dimensión aún más preocupante. La OMS estima que uno de cada siete adolescentes, de entre 10 y 19 años, presenta un trastorno mental. La depresión, la ansiedad y los trastornos del comportamiento se encuentran entre las principales causas de enfermedad y discapacidad en esta etapa. Además, cuando los problemas de salud mental no reciben atención oportuna, sus consecuencias pueden prolongarse hasta la adultez.
Estas cifras obligan a formular una pregunta fundamental:
¿Estamos comprendiendo adecuadamente el origen y el desarrollo de los problemas de salud mental cuando esperamos a que el sufrimiento se convierta en un diagnóstico?
Desde una perspectiva de psicología clínica, responder esta pregunta exige ampliar el foco. Los trastornos mentales no pueden comprenderse exclusivamente desde sus síntomas. La evaluación clínica requiere considerar la historia del desarrollo, las experiencias vitales, los factores de riesgo, los factores protectores, las relaciones significativas y el contexto social.
La infancia ocupa un lugar central en esta discusión.
No porque toda dificultad psicológica tenga necesariamente su origen en la infancia, ni porque las experiencias infantiles determinen de manera irreversible el destino de una persona, sino porque durante los primeros años de vida se desarrollan capacidades fundamentales relacionadas con la regulación emocional, la confianza interpersonal, la autonomía, la percepción de seguridad y la construcción de la identidad.
Desde esta perspectiva, la infancia puede ser comprendida como una especie de patio trasero de nuestra mente: un espacio de nuestra historia personal que muchas veces permanece fuera de la conciencia cotidiana, pero donde pueden quedar almacenadas experiencias, aprendizajes, vínculos, pérdidas, miedos, recursos y estrategias de supervivencia.
La tesis central de este artículo sostiene que:
Las experiencias infantiles no determinan inevitablemente la salud mental futura, pero pueden influir significativamente en la forma en que una persona aprende a regular sus emociones, interpretar las relaciones, responder al estrés y construir una percepción de sí misma. Por ello, la comprensión de la salud mental contemporánea requiere integrar el diagnóstico clínico del DSM-5, la perspectiva sistémica familiar, la teoría del apego y un enfoque informado en trauma que permita comprender al individuo dentro de su historia y contexto.
Esta afirmación implica abandonar dos posiciones extremas.
La primera consiste en considerar que todo problema psicológico es consecuencia de la infancia.
La segunda consiste en pensar que la infancia es irrelevante para comprender el funcionamiento psicológico adulto.
La psicología clínica exige una posición más compleja.
La infancia importa.
Pero no lo explica todo.
Desarrollo
1. La infancia como período de organización psicológica
Durante la infancia se produce un proceso progresivo mediante el cual el niño desarrolla capacidades cognitivas, emocionales, sociales y relacionales.
El niño no nace sabiendo cómo identificar y regular sus emociones.
Tampoco nace sabiendo cómo establecer límites, resolver conflictos o interpretar las intenciones de otras personas.
Gran parte de estas capacidades se desarrollan mediante la interacción con el ambiente.
El cuidador que ayuda a un niño asustado a comprender lo que ocurre está contribuyendo a que ese niño aprenda progresivamente a regular el miedo.
El adulto que acompaña una frustración sin ridiculizarla ayuda a desarrollar tolerancia frente al malestar.
El cuidador que establece límites sin recurrir sistemáticamente a la amenaza enseña que las normas pueden coexistir con el vínculo.
El adulto que reconoce un error y repara transmite una idea fundamental: los vínculos pueden sobrevivir al conflicto.
Estas experiencias cotidianas pueden parecer pequeñas, pero forman parte del aprendizaje emocional. En sentido contrario, un ambiente caracterizado de manera persistente por violencia, negligencia, imprevisibilidad, rechazo o inseguridad puede dificultar determinados procesos de desarrollo.
La OMS reconoce que la exposición a experiencias adversas durante la infancia puede tener consecuencias físicas y psicológicas a largo plazo y constituye un importante problema de salud pública. Sin embargo, es necesario subrayar que existe una diferencia entre factor de riesgo y causa determinante. Una experiencia adversa puede aumentar la probabilidad de determinadas dificultades, pero no significa que todas las personas expuestas desarrollarán un trastorno.
El desarrollo humano es probabilístico, dinámico y multidimensional.
2. La familia como primer contexto de salud mental
Desde la perspectiva sistémica, el individuo no puede comprenderse separado de las relaciones que forman parte de su contexto. La familia constituye uno de los primeros sistemas sociales en los que una persona aprende a relacionarse. En ella se construyen modelos de comunicación, autoridad, afecto, conflicto y cooperación.
Cada familia posee una estructura particular.
Existen límites entre sus miembros.
Existen subsistemas.
Existen alianzas.
Existen jerarquías.
Existen reglas explícitas e implícitas.
Salvador Minuchin, uno de los principales representantes de la terapia familiar estructural, planteó la importancia de comprender la estructura familiar y los patrones de interacción que organizan su funcionamiento.
Desde esta perspectiva, una dificultad psicológica no necesariamente puede comprenderse únicamente como una característica interna de un individuo.
Es necesario observar el sistema de relaciones.
Por ejemplo, cuando un adolescente presenta una conducta desafiante, la pregunta clínica no debería ser exclusivamente:
“¿Por qué este adolescente se comporta así?”
También debemos preguntar:
“¿Qué ocurre en la familia cuando aparece esta conducta?”
¿Quién establece los límites?
¿Cómo responden los padres?
¿Existe desacuerdo entre ellos?
¿Uno de los cuidadores castiga y otro rescata?
¿La conducta del adolescente modifica temporalmente un conflicto entre los adultos?
¿El adolescente se ha convertido en el centro de las preocupaciones familiares?
Estas preguntas no buscan culpar a la familia. Buscan comprender la interacción.
3. Del “paciente problema” al “paciente identificado”
La perspectiva sistémica introdujo una crítica importante a las explicaciones exclusivamente individuales. En determinadas situaciones, un miembro de la familia puede convertirse en el portador visible del malestar familiar. Es lo que tradicionalmente se ha denominado paciente identificado.
La familia puede llegar a consulta diciendo:
“Nuestro problema es nuestro hijo”.
Pero el clínico necesita explorar qué significado tiene que el problema esté localizado en ese miembro. Esto no significa negar la existencia de un trastorno individual.
Un niño puede presentar realmente TDAH.
Un adolescente puede presentar depresión.
Una persona puede desarrollar un trastorno de estrés postraumático.
Pero, incluso cuando existe un diagnóstico individual, el sistema familiar puede influir en la manera en que el problema aparece, se mantiene o se enfrenta.
Por eso, la pregunta no es:
¿Es individual o familiar?
En muchos casos, la pregunta más adecuada es:
¿Cómo interactúan los factores individuales y relacionales?
4. El DSM-5: diagnóstico sin reducir a la persona
El DSM-5 constituye una herramienta fundamental para la clasificación y evaluación de los
trastornos mentales. Su función es proporcionar criterios diagnósticos que permitan identificar patrones clínicamente significativos.
El DSM no pretende explicar toda la historia de una persona. De hecho, la Asociación Americana de Psiquiatría señala que el manual contiene clasificación diagnóstica, criterios diagnósticos y texto descriptivo, y que los criterios deben ser evaluados por profesionales capacitados.
Esta precisión es esencial. Un diagnóstico no debería utilizarse como una identidad.
Decir “tiene depresión” es diferente de decir “es depresivo”.
Decir “presenta síntomas compatibles con un trastorno de estrés postraumático” es diferente de afirmar “está traumatizado”.
El lenguaje clínico importa porque determina la forma en que comprendemos a la persona.
5. Trauma y factores de estrés en el DSM-5
Uno de los cambios importantes introducidos por el DSM-5 fue ubicar los trastornos relacionados con trauma y factores de estrés en una categoría específica, diferenciándolos de los trastornos de ansiedad.
El DSM-5-TR mantiene esta organización. Dentro de esta categoría se encuentran:
Trastorno de apego reactivo.
Trastorno de relación social desinhibida.
Trastorno de estrés postraumático.
Trastorno de estrés agudo.
Trastornos de adaptación.
Otros trastornos relacionados con traumas y factores de estrés especificados.
Trastorno relacionado con traumas y factores de estrés no especificado.
La clasificación reconoce que determinadas experiencias traumáticas o estresantes pueden relacionarse con diferentes manifestaciones clínicas. Este cambio conceptual resulta importante porque permite comprender que las consecuencias de una experiencia adversa no necesariamente adoptan la forma clásica de ansiedad. Pueden aparecer alteraciones emocionales como:
Irritabilidad.
Disociación.
Problemas del sueño.
Evitación.
Cambios en la conducta.
Aislamiento.
Dificultades relacionales.
Alteraciones del estado de ánimo.
Sin embargo, la presencia de uno de estos síntomas no permite diagnosticar por sí misma un trastorno relacionado con trauma. El diagnóstico exige evaluar el conjunto de criterios establecidos.
6. Trauma no significa simplemente sufrimiento
En la cultura contemporánea, la palabra trauma se utiliza cada vez con mayor frecuencia.
Esta mayor conciencia puede ser positiva, pero también implica riesgos.
No toda experiencia dolorosa constituye un trauma clínico.
No toda tristeza es depresión.
No toda preocupación es un trastorno de ansiedad.
No todo conflicto familiar constituye trauma.
No todo adulto con dificultades de apego presenta un trastorno mental.
La psicología clínica necesita preservar estas diferencias. El sufrimiento humano es mucho más amplio que la psicopatología. Una persona puede atravesar una experiencia muy dolorosa y responder de manera adaptativa. Otra puede desarrollar un trastorno.
Una tercera puede presentar inicialmente síntomas y recuperarse posteriormente. Por ello, el diagnóstico debe considerar el tiempo, la intensidad, la persistencia, el deterioro funcional y el contexto.
7. El trastorno de estrés postraumático: una perspectiva clínica
El trastorno de estrés postraumático, o TEPT, constituye uno de los principales trastornos incluidos dentro de la categoría de trauma y factores de estrés.
El DSM-5 establece criterios relacionados con la exposición a determinados acontecimientos traumáticos y con grupos de síntomas específicos.
Entre ellos se encuentran fenómenos de intrusión, evitación, alteraciones negativas de cogniciones y estado de ánimo, y cambios en la activación y reactividad.
La persona puede experimentar:
Recuerdos involuntarios y angustiantes.
Pesadillas.
Malestar intenso ante recordatorios.
Evitación de situaciones relacionadas.
Alteraciones emocionales.
Culpa.
Vergüenza.
Irritabilidad.
Problemas de sueño.
Hipervigilancia.
Sobresalto exagerado.
La relevancia clínica consiste en comprender que estos síntomas no son simplemente “debilidad”.
Representan un patrón de respuesta psicológica que requiere evaluación profesional. Además, el DSM-5 incorpora consideraciones específicas para niños pequeños, reconociendo que la expresión clínica puede variar de acuerdo con el desarrollo.
8. La infancia y la hipervigilancia
Desde una perspectiva informada en trauma, podemos comprender la hipervigilancia como una forma de preparación frente a posibles amenazas.
Un niño que vive en un entorno impredecible puede aprender a observar constantemente.
Escucha los pasos.
Observa las expresiones faciales.
Identifica el tono de voz.
Anticipa discusiones.
Busca señales de peligro.
Esta conducta puede tener sentido dentro del contexto original. El problema aparece cuando esa estrategia se generaliza. Años después, el adulto puede continuar interpretando determinados estímulos ambiguos como señales de peligro.
Un mensaje sin respuesta puede sentirse como rechazo.
Un cambio de tono puede sentirse como amenaza.
Una discusión cotidiana puede generar una respuesta emocional intensa.
Desde la clínica, sin embargo, debemos evitar conclusiones automáticas. La hipervigilancia puede aparecer en diferentes condiciones. Por eso, la historia clínica y la evaluación diferencial son indispensables.
9. Parentificación: cuando el niño deja de ser niño
La parentificación constituye un fenómeno especialmente relevante para comprender determinadas dinámicas familiares.
Ocurre cuando el niño asume responsabilidades emocionales o prácticas que corresponden a los adultos.
Puede ser:
El niño que media entre sus padres.
El que cuida a un hermano pequeño.
El que consuela a una madre deprimida.
El que intenta mantener tranquilo a un padre impredecible.
El que aprende a no expresar sus necesidades para no generar más problemas.
Externamente, puede parecer responsable.
Incluso puede recibir elogios: “Es muy maduro para su edad”.
Pero la pregunta clínica es: ¿Qué costo tuvo esa madurez?
La madurez saludable permite asumir responsabilidades progresivamente. La parentificación, en cambio, puede implicar que el niño renuncie prematuramente a necesidades propias para sostener el funcionamiento de otros.
En la adultez pueden aparecer dificultades para:
Descansar.
Pedir ayuda.
Delegar.
Establecer límites.
Tolerar que otros estén descontentos.
Reconocer necesidades propias.
El adulto puede sentir: “Si yo no me hago cargo, todo se desmorona”.
10. El apego y la experiencia de seguridad
La teoría del apego de John Bowlby ofrece otro marco fundamental para comprender el desarrollo.
El niño necesita figuras de referencia que puedan ofrecer protección y disponibilidad suficiente. Esto no significa que los cuidadores deban responder perfectamente todo el tiempo.
La perfección no es una condición realista. Lo importante es la existencia de una relación suficientemente estable en la que el niño pueda experimentar protección y reparación.
Cuando un niño puede acercarse al cuidador ante el miedo y posteriormente volver a explorar, se desarrolla una experiencia fundamental: puedo alejarme y puedo regresar. Esta experiencia constituye una base importante para el desarrollo de la autonomía. Pero cuando las relaciones son consistentemente impredecibles, amenazantes o negligentes, pueden surgir dificultades en la organización del vínculo.
La investigación sobre apego no sostiene que el estilo de apego determine inevitablemente la personalidad adulta.
Las relaciones posteriores importan.
La experiencia cambia.
Las personas pueden desarrollar nuevas formas de vincularse.
11. Regulación emocional: aprender a estar con lo que sentimos
Una de las capacidades psicológicas más importantes que se desarrolla durante la infancia es la regulación emocional. Un niño inicialmente necesita de otros para regular estados de activación. Con el tiempo, internaliza estrategias.
Aprende a esperar.
Aprende a nombrar emociones.
Aprende a tolerar frustraciones.
Aprende a pedir ayuda.
Aprende a recuperarse.
Aprende a resolver conflictos.
Pero la regulación emocional no significa no sentir. Significa desarrollar capacidad para experimentar emociones sin quedar completamente dominado por ellas.
Cuando una familia responde a toda expresión emocional con:
“No llores”.
“No seas débil”.
“No tienes motivos para estar triste”.
“Cálmate”.
el niño puede aprender que determinadas emociones son inaceptables.
Cuando la respuesta familiar es: “Entiendo que estás enojado. No podemos golpear, pero podemos hablar de lo que ocurrió”, se transmite una enseñanza diferente: la emoción es válida, pero no todas las conductas son aceptables.
Esta distinción constituye una herramienta fundamental para la crianza y la psicoterapia.
12. Las emociones prohibidas
Toda familia tiene una determinada cultura emocional.
En algunas familias se puede hablar de tristeza. En otras, la tristeza es vista como debilidad.
Algunas familias permiten el enojo; en otras, el enojo infantil se castiga inmediatamente.
Algunas permiten preguntar.
Otras interpretan las preguntas como falta de respeto.
Con el tiempo, el niño aprende cuáles emociones son aceptables. Puede convertirse en un adulto que expresa tristeza, pero no enojo. O en alguien que expresa enojo, pero no vulnerabilidad. O en una persona que desconoce completamente qué está sintiendo.
Esto no significa que una emoción reprimida explique automáticamente un trastorno. Pero sí constituye un elemento relevante de la formulación clínica.
13. Comunicación familiar y síntomas
La comunicación es uno de los elementos centrales del funcionamiento familiar. Existen familias donde los conflictos pueden hablarse directamente. Otras utilizan intermediarios.
Los padres discuten a través de los hijos.
Los hijos transmiten mensajes entre los adultos.
La pareja evita determinados temas y el conflicto aparece en la conducta de un adolescente.
Cuando la comunicación directa falla, el síntoma puede convertirse en una forma indirecta de comunicación. Esto no significa que el síntoma sea voluntario. Tampoco significa que el paciente “invente” su sufrimiento. Significa que la conducta individual ocurre dentro de un contexto relacional.
El clínico sistémico observa esa secuencia:
Qué ocurre antes → qué hace la persona → cómo responden los demás → qué ocurre después.
Ese ciclo puede revelar patrones que mantienen el problema.
14. La transmisión intergeneracional
La familia transmite modelos de relación de una generación a otra. Un padre que fue criado bajo una disciplina extremadamente rígida puede repetirla. Pero también puede reaccionar de manera opuesta y convertirse en un padre excesivamente permisivo.
Ambas respuestas pueden estar relacionadas con la misma historia. Por eso, romper un patrón no significa simplemente hacer lo contrario; significa comprenderlo.
La transmisión intergeneracional puede incluir:
Estilos de crianza.
Creencias sobre autoridad.
Maneras de expresar afecto.
Formas de manejar el conflicto.
Roles familiares.
Expectativas de género.
Relación con el éxito.
Relación con el fracaso.
Formas de pedir ayuda.
Maneras de afrontar pérdidas.
Pero también pueden transmitirse recursos:
Capacidad de cooperación.
Solidaridad.
Sentido de pertenencia.
Resiliencia.
Tradiciones.
Narrativas familiares positivas.
La familia transmite vulnerabilidades y también fortalezas.
15. La infancia no determina la adultez
Este punto es fundamental. Una lectura determinista podría afirmar:
“Si tuviste una infancia difícil, tendrás problemas psicológicos”.
La evidencia clínica no permite una afirmación tan sencilla. La relación entre adversidad y psicopatología es compleja.
Existen factores:
Genéticos.
Temperamentales.
Neurobiológicos.
Sociales.
Económicos.
Relacionales.
Culturales.
También existen experiencias posteriores.
Una experiencia adversa puede aumentar la vulnerabilidad. Pero también existen factores protectores:
Una figura adulta significativa.
Una escuela protectora.
Una amistad.
Una comunidad.
Una relación de pareja saludable.
Acceso a tratamiento.
Capacidad de reflexión.
Recursos económicos.
Oportunidades educativas.
La resiliencia no niega el daño.
Demuestra que el desarrollo humano tiene capacidad de adaptación.
Análisis de la salud mental a nivel internacional
16. Una crisis global de salud mental
El problema mundial de salud mental no puede ser comprendido exclusivamente mediante diagnósticos individuales. La OMS informa que casi una de cada siete personas en el mundo tenía un trastorno mental en 2021, equivalente a aproximadamente 1.100 millones de personas. Los trastornos de ansiedad y depresivos se encuentran entre los más frecuentes.
Esta cifra tiene una importancia que va más allá de la epidemiología. Significa que los problemas de salud mental forman parte de la experiencia cotidiana de una proporción enorme de la población. Significa que las familias conviven con ellos.
Los sistemas educativos los enfrentan.
Los lugares de trabajo los experimentan.
Los sistemas sanitarios deben responder.
Y las políticas públicas necesitan considerarlos.
La salud mental, por tanto, no es exclusivamente responsabilidad del psicólogo o del psiquiatra.
Es una responsabilidad social.
17. Salud mental infantil y adolescente
La OMS estima que uno de cada siete adolescentes, de entre 10 y 19 años, presenta algún trastorno mental. También señala que los trastornos de ansiedad, depresión y comportamiento se encuentran entre las principales causas de enfermedad y discapacidad en esta población.
El dato debe interpretarse desde una perspectiva de desarrollo.
La adolescencia es una etapa de cambios biológicos, cognitivos, emocionales y sociales.
Durante este período se desarrollan habilidades relacionadas con:
Regulación emocional.
Toma de decisiones.
Resolución de problemas.
Relaciones interpersonales.
Autonomía.
Identidad.
Adaptación social.
Por ello, intervenir tempranamente puede tener consecuencias importantes para la trayectoria vital.
Un problema no atendido durante la adolescencia puede afectar posteriormente las relaciones, la educación, el trabajo y la salud física.
La OMS advierte precisamente que los problemas de salud mental no tratados durante esta etapa pueden extender sus consecuencias hacia la adultez.
18. El suicidio y la dimensión internacional del sufrimiento adolescente
La salud mental adolescente también debe analizarse desde la perspectiva de riesgo. La OMS identifica el suicidio como la tercera causa de muerte entre las personas de 15 a 29 años.
Esta realidad demuestra que hablar de salud mental no consiste únicamente en hablar de bienestar o crecimiento personal. También implica prevención de muertes evitables.
La prevención requiere sistemas capaces de detectar sufrimiento, profesionales preparados, acceso a atención, reducción del estigma y redes de apoyo. Pero también requiere comprender las condiciones sociales en las que viven los jóvenes.
19. Pobreza, violencia y exclusión
La salud mental no ocurre en un vacío social. La OMS identifica la pobreza, el maltrato, la violencia, la discriminación y la exclusión como factores que pueden aumentar la vulnerabilidad de niños y adolescentes.
Esto plantea una cuestión fundamental:
¿Puede una sociedad exigir bienestar psicológico sin garantizar condiciones mínimas para vivir?
Una familia sometida permanentemente a inseguridad económica puede experimentar estrés crónico.
Una comunidad afectada por violencia puede desarrollar miedo colectivo.
Un adolescente víctima de discriminación puede experimentar aislamiento.
Un niño expuesto a violencia puede desarrollar problemas emocionales y conductuales.
No significa que estas experiencias produzcan automáticamente trastornos. Significa que el contexto forma parte de la ecuación. Por eso, la salud mental requiere políticas de prevención que no se limiten al consultorio.
20. La brecha mundial de atención
Existe otro problema fundamental: la diferencia entre las personas que necesitan ayuda y las que realmente pueden acceder a ella. La OMS advierte que la mayoría de las personas con trastornos mentales no recibe atención eficaz.
Las barreras pueden ser:
Económicas.
Geográficas.
Culturales.
Institucionales.
Educativas.
Y también pueden estar relacionadas con el estigma.
En algunos contextos todavía existe la idea de que pedir ayuda psicológica significa ser débil.
En otros, la atención simplemente no está disponible. Por ello, una estrategia internacional de salud mental requiere ampliar el acceso, fortalecer la atención primaria, desarrollar servicios comunitarios y trabajar en prevención.
21. ¿Estamos medicalizando la infancia?
El aumento de la conciencia sobre salud mental tiene una consecuencia positiva: permite detectar problemas que antes permanecían invisibles.
Pero también genera un riesgo:
convertir comportamientos propios del desarrollo en trastornos sin realizar una evaluación adecuada.
Un niño activo no necesariamente tiene TDAH.
Un adolescente triste no necesariamente tiene depresión.
Un niño que teme separarse de sus padres no necesariamente presenta un trastorno de ansiedad de separación.
Un adolescente que cuestiona a sus padres no necesariamente presenta un trastorno de conducta.
El DSM-5 establece criterios diagnósticos precisamente para diferenciar conductas esperables de patrones que cumplen condiciones clínicas.
Por eso, el diagnóstico requiere valorar:
Intensidad.
Frecuencia.
Duración.
Contexto.
Desarrollo.
Deterioro funcional.
Interferencia.
Diagnóstico diferencial.
La infancia no debe convertirse en un territorio de sobrediagnóstico. Pero tampoco debe convertirse en un territorio donde el sufrimiento sea ignorado.
22. El riesgo contrario: normalizar el sufrimiento
Existe también el extremo opuesto.
“Todos los adolescentes son así”.
“Es una etapa”.
“Ya se le pasará”.
“Los niños tienen que ser fuertes”.
Esta normalización puede retrasar la atención.
La diferencia entre una reacción evolutiva y un problema clínico no siempre es evidente para las familias.
Por eso, resulta importante observar cambios persistentes:
Un adolescente que deja de relacionarse.
Un niño que presenta cambios importantes en sueño o alimentación.
Una pérdida significativa de funcionamiento escolar.
Conductas autolesivas.
Síntomas de ansiedad persistentes.
Reacciones intensas después de experiencias traumáticas.
Aislamiento.
Cambios conductuales marcados.
En estas situaciones, la evaluación profesional puede ser necesaria.
23. Una perspectiva informada en trauma
El enfoque informado en trauma no consiste únicamente en hablar de trauma.
Implica modificar la manera de comprender e intervenir frente al sufrimiento.
En lugar de preguntar exclusivamente:
“¿Qué problema tiene esta persona?”
se incorpora la pregunta:
“¿Qué pudo haberle ocurrido y cómo ha influido en su manera de protegerse?”
Pero también:
“¿Qué recursos tiene?”
“¿Qué necesita para sentirse segura?”
“¿Qué podemos hacer para no reproducir experiencias de indefensión?”
Una intervención informada en trauma debe cuidar la seguridad, la colaboración, la autonomía, la confianza y el ritmo de la persona.
Esto resulta especialmente importante cuando se trabaja con niños y adolescentes.
24. Comprender no significa justificar
Una de las confusiones más frecuentes consiste en pensar que comprender el origen de una conducta significa justificarla. No es así.
Podemos comprender por qué una persona aprendió a controlar y, al mismo tiempo, reconocer que su conducta de control puede resultar dañina.
Podemos comprender que alguien aprendió a gritar en su familia y, al mismo tiempo, establecer que la violencia no es aceptable.
Podemos comprender una historia sin eliminar la responsabilidad.
La psicoterapia busca precisamente construir un espacio donde puedan coexistir dos afirmaciones:
“Esto tiene una explicación” y “Esto necesita cambiar”.
25. ¿Culpar a los padres o comprender el sistema?
La psicología contemporánea debe evitar convertir la terapia en un tribunal familiar.
Los padres pueden haber cometido errores.
Pueden haber producido daño.
Pueden haber tenido limitaciones importantes.
Pero también fueron personas atravesadas por sus propias historias.
Una comprensión intergeneracional permite observar cómo determinadas pautas se transmiten.
Esto no elimina la responsabilidad.
La amplía.
Porque cuando comprendemos cómo se transmite un patrón, también podemos identificar dónde interrumpirlo.
26. La reparación como experiencia psicológica
Una familia saludable no es una familia que nunca tiene conflictos.
Es una familia que puede reparar.
Un adulto puede equivocarse.
Un padre puede perder la paciencia.
Una madre puede interpretar mal una situación.
Un adolescente puede reaccionar de manera inadecuada.
Lo importante es qué ocurre después.
¿Se puede pedir perdón?
¿Se puede reconocer el daño?
¿Se puede conversar?
¿Se puede reparar?
La reparación enseña algo esencial:
el conflicto no necesariamente destruye el vínculo.
Esta experiencia puede ser profundamente protectora.
27. La psicoterapia como espacio de integración
Desde una perspectiva clínica, la psicoterapia no debería convertirse en una búsqueda interminable de culpables en la infancia.
El objetivo no es demostrar que nuestros padres fueron responsables de todo.
Tampoco consiste en recuperar cada recuerdo infantil.
La psicoterapia busca comprender el funcionamiento actual.
La historia es importante porque ayuda a explicar cómo se construyeron determinados patrones. Pero el objetivo final es ampliar las posibilidades presentes.
Por ejemplo:
De:
“Necesito agradar para que me quieran”.
hacia:
“Puedo ser querido aunque alguien esté en desacuerdo conmigo”.
De:
“Tengo que controlar todo”.
hacia:
“Puedo tolerar cierta incertidumbre”.
De:
“No necesito a nadie”.
hacia:
“Puedo pedir ayuda sin perder autonomía”.
De:
“Si me enojo, perderé el vínculo”.
hacia:
“Puedo expresar desacuerdo de manera segura”.
28. La infancia como patrimonio emocional
Si pensamos la infancia como el patio trasero de nuestra mente, podemos entender que allí no solamente existen heridas.
También existen recursos.
Juegos.
Amistades.
Imaginación.
Curiosidad.
Capacidad de adaptación.
Personas significativas.
Experiencias de protección.
Momentos de alegría.
La psicoterapia no debería convertirse en una excavación exclusivamente de dolor.
También debe descubrir qué permitió sobrevivir.
¿Qué capacidades desarrolló la persona?
¿Qué vínculos la protegieron?
¿Qué valores adquirió?
¿Qué fortalezas conserva?
El pasado contiene vulnerabilidades, pero también contiene recursos.
Discusión
La principal dificultad al analizar la relación entre infancia y salud mental consiste en evitar explicaciones reduccionistas. No podemos afirmar que toda psicopatología adulta sea producto de experiencias infantiles. Tampoco podemos negar que las experiencias tempranas tengan importancia. La mejor comprensión surge de un modelo multifactorial.
Podemos representarlo de la siguiente manera:
Vulnerabilidades individuales + experiencias tempranas + relaciones familiares + contexto social + acontecimientos posteriores + factores protectores = trayectoria psicológica particular.
Ningún elemento explica por sí solo la totalidad del resultado.
Esta perspectiva es coherente con una práctica clínica responsable.
El DSM-5 aporta un lenguaje diagnóstico.
La teoría sistémica aporta una comprensión relacional.
La teoría del apego aporta una perspectiva sobre los vínculos tempranos.
El enfoque informado en trauma aporta principios para comprender las respuestas a experiencias adversas y evitar intervenciones que puedan generar daño.
La salud pública aporta una mirada sobre los determinantes sociales y el acceso a servicios.
Ninguna de estas perspectivas debería utilizarse de manera aislada.
Hacia una comprensión integral de la salud mental
Si aceptamos que la salud mental se desarrolla dentro de contextos, entonces la prevención debe comenzar antes del diagnóstico.
No basta con tratar la depresión cuando ya está establecida.
También necesitamos construir ambientes que disminuyan los factores de riesgo.
No basta con tratar la ansiedad adolescente.
Necesitamos escuelas seguras, relaciones familiares protectoras y acceso a atención.
No basta con intervenir después de la violencia.
Necesitamos prevenirla.
No basta con enseñar a los niños a “ser resilientes”.
También debemos preguntarnos qué condiciones estamos creando para que puedan desarrollarse.
La resiliencia no debería convertirse en una excusa para exigir que las personas soporten condiciones adversas.
Una sociedad saludable no solamente enseña a las personas a resistir. También trabaja para reducir aquello que las obliga constantemente a resistir.
Conclusión
La infancia constituye uno de los principales escenarios donde comienza a organizarse nuestra vida psicológica.
No es el único.
No es una sentencia.
Pero tampoco es irrelevante.
Las experiencias tempranas, las relaciones familiares y el contexto social pueden contribuir a la manera en que aprendemos a interpretar el mundo, regular emociones, establecer vínculos y responder frente al estrés.
El DSM-5 permite reconocer y clasificar diferentes trastornos mentales y, de manera específica, incorpora una categoría destinada a los trastornos relacionados con traumas y factores de estrés. Sin embargo, el diagnóstico no puede sustituir la comprensión integral de la persona.
La psicología sistémica recuerda que el individuo vive dentro de relaciones.
La teoría del apego muestra la importancia de los vínculos tempranos.
La perspectiva informada en trauma nos invita a comprender las estrategias de protección sin patologizarlas automáticamente.
Y la epidemiología internacional demuestra que la salud mental constituye un desafío de enorme magnitud. Aproximadamente 1.100 millones de personas vivían con un trastorno mental en 2021, mientras que uno de cada siete adolescentes presenta un trastorno mental. Estos datos deberían modificar nuestra manera de pensar la prevención.
No podemos esperar a que los niños se conviertan en adultos para comenzar a preocuparnos por su salud mental.
Debemos construir familias capaces de hablar.
Escuelas capaces de proteger.
Comunidades capaces de acompañar.
Sistemas sanitarios capaces de responder.
Y sociedades capaces de comprender que la salud mental no es un lujo.
Es una dimensión fundamental de la vida humana.
Volver a la infancia no significa vivir en el pasado.
Significa comprender parte del territorio desde el cual comenzamos a construirnos.
Tal vez por eso la metáfora del patio trasero resulta tan poderosa.
En ese espacio pueden quedar objetos que nadie quiere mirar.
Recuerdos.
Miedos.
Silencios.
Pérdidas.
Responsabilidades.
Pero también juguetes.
Personas.
Historias.
Fortalezas.
Sueños.
No todo necesita ser eliminado.
Algunas cosas necesitan ser comprendidas.
Otras, reparadas.
Otras, dejadas atrás.
Y algunas necesitan ser recuperadas.
La tarea de la psicoterapia no consiste en borrar nuestra infancia.
Consiste en ayudarnos a comprenderla sin quedar prisioneros de ella.
Porque una experiencia puede formar parte de nuestra historia sin convertirse necesariamente en nuestro destino.
La infancia puede escribir algunos de los primeros capítulos de nuestra vida psicológica, pero no tiene por qué escribir el final.
Y quizás uno de los mayores desafíos de la salud mental contemporánea sea precisamente este:
aprender a cuidar el patio trasero de nuestra mente antes de que aquello que dejamos allí abandonado termine gobernando silenciosamente nuestra vida adulta.
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Este artículo utiliza conceptos provenientes del DSM-5/DSM-5-TR, la psicología clínica, la terapia familiar sistémica, la teoría del apego y el enfoque trauma informado con fines de divulgación. No debe utilizarse para realizar autodiagnósticos.
El DSM constituye una herramienta de clasificación y evaluación diagnóstica; los criterios deben ser aplicados por profesionales capacitados y dentro de una evaluación clínica integral.
La presencia de una experiencia adversa, una dificultad familiar o determinados síntomas no implica por sí misma la existencia de un trastorno mental.
La salud mental requiere una comprensión individualizada que considere tanto las dificultades como los recursos, la historia, el desarrollo, las relaciones y el contexto sociocultural de cada persona.




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