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¿Y si no estás loca? Quizás son tus hormonas

hace 10 horas
16 min de lectura

Cuando las hormonas, el cerebro, las emociones y la sexualidad comienzan a cambiar: una mirada desde la psicología clínica y la neuropsicología cognitivo-conductual


Introducción

Durante mucho tiempo, muchas mujeres han aprendido a desconfiar de sus propias percepciones corporales. “Es estrés”, “estás demasiado sensible”, “son los años”, “estás exagerando” o, simplemente, “son las hormonas”. Frases aparentemente simples que, cuando se repiten durante años, pueden terminar produciendo un efecto mucho más profundo: que la mujer comience a cuestionar aquello que siente. Pero existe una pregunta que merece ser formulada con mayor seriedad:




¿Cuántas mujeres han aprendido a convivir con síntomas físicos y emocionales que afectan su calidad de vida porque alguien les hizo creer que eran simplemente parte de ser mujer?


La respuesta no es sencilla. No todo malestar femenino es consecuencia de las hormonas, pero tampoco todo malestar debe explicarse desde la psicología. El organismo funciona como un sistema integrado en el que cerebro, hormonas, sueño, emociones, cognición, conducta y contexto social interactúan permanentemente.


Desde la psicología clínica y la neuropsicología cognitivo-conductual, esta perspectiva resulta particularmente relevante. Una mujer no experimenta sus cambios hormonales en un laboratorio aislado: los vive mientras trabaja, cuida, establece vínculos, enfrenta responsabilidades, construye su identidad y mantiene o intenta mantener una relación de pareja. Por eso, cuando cambia el cuerpo, también puede cambiar la manera en que la mujer se relaciona consigo misma y con los demás. Y, en ocasiones, la relación de pareja se convierte en uno de los principales escenarios donde esos cambios se hacen visibles.


El cerebro también responde a las hormonas

Hablar de hormonas no significa hablar únicamente de reproducción. Las hormonas sexuales interactúan con distintos sistemas cerebrales relacionados con la regulación emocional, la motivación, el sueño y los procesos cognitivos. La investigación en neuroimagen ha mostrado que las fluctuaciones hormonales pueden modular determinados circuitos cerebrales relacionados con procesos afectivos y cognitivos.


Esto no significa que una mujer sea “otra persona” durante las distintas etapas de su ciclo menstrual ni que las hormonas determinen su personalidad. Tampoco significa que cada cambio emocional tenga una explicación endocrina. Significa algo mucho más interesante: el cerebro es un órgano biológico y, por lo tanto, es sensible a los cambios que ocurren en el organismo. Por eso, una mujer que duerme mal puede experimentar mayor irritabilidad; una mujer que vive con dolor puede disminuir su actividad y su interés por la intimidad; una mujer sometida a estrés sostenido puede experimentar dificultades de concentración; y una mujer que atraviesa cambios hormonales puede experimentar modificaciones en diferentes dimensiones de su bienestar.


La experiencia humana surge de la interacción de todos estos factores. No es cuerpo o mente: es cuerpo y mente.

¿Por qué a veces siento que mi cerebro ya no funciona como antes?

Esta es una de las preguntas frecuentes en consulta:

  • “Me cuesta concentrarme.”

  • “Se me olvidan las cosas.”

  • “No tengo la misma claridad mental.”

  • “Antes podía hacer diez cosas al mismo tiempo y ahora me cuesta organizarme.”

  • “Estoy más lenta.”

Estas experiencias deben ser escuchadas, pero requieren una distinción importante: una cosa es la percepción subjetiva del funcionamiento cognitivo y otra diferente es demostrar un deterioro cognitivo objetivo.

La literatura científica no permite afirmar que el ciclo menstrual produzca un deterioro cognitivo generalizado en mujeres sanas. Una revisión sistemática y metaanálisis reciente sobre rendimiento cognitivo durante el ciclo menstrual no encontró evidencia sólida de un deterioro cognitivo general y sistemático. Esto es importante porque evita caer en otro estereotipo: el de una mujer cuyo cerebro supuestamente “funciona peor” por sus hormonas. Sin embargo, la experiencia subjetiva puede verse afectada por variables como el sueño, el dolor, la ansiedad, el estrés, los cambios emocionales y otros síntomas físicos.


Desde la neuropsicología clínica, por lo tanto, la pregunta no debería ser solamente “¿estás olvidando más?”, sino también:

  • ¿Cómo estás durmiendo?

  • ¿Cuánto estrés estás acumulando?

  • ¿Tienes dolor?

  • ¿Cómo está tu estado de ánimo?

  • ¿Desde cuándo ocurre?

  • ¿En qué momentos aparece?

  • ¿Cuánto interfiere en tu vida?

La evaluación integral permite diferenciar una percepción asociada al cansancio o al contexto de un problema cognitivo que requiera una evaluación específica.

Cuando “estás estresada” se convierte en una explicación automática

Existe una respuesta que muchas mujeres escuchan repetidamente: “Es estrés”.

  • ¿No duermes? Estrés.

  • ¿Estás cansada? Estrés.

  • ¿Estás irritable? Estrés.

  • ¿No tienes deseo sexual? Estrés.

  • ¿No puedes concentrarte? Estrés.

Y sí: el estrés puede contribuir a todos estos problemas. Pero existe un riesgo cuando se transforma en una explicación automática: dejar de investigar.


Los síntomas físicos y psicológicos persistentes requieren ser comprendidos en su contexto. A veces será necesaria una evaluación médica; en otras ocasiones, una evaluación psicológica; y, frecuentemente, ambas pueden complementarse.


La pregunta clínica debería ser más amplia:

  • ¿Qué está ocurriendo en el cuerpo?

  • ¿Qué está ocurriendo emocionalmente?

  • ¿Cómo estoy durmiendo?

  • ¿Cómo está mi alimentación?

  • ¿Cuánto estrés estoy soportando?

  • ¿Estoy viviendo una etapa de sobrecarga?

  • ¿Los síntomas aparecen de manera recurrente?

  • ¿Se relacionan con el ciclo menstrual?

  • ¿Estoy atravesando una transición hormonal?

  • ¿Están afectando mis relaciones?

Preguntar mejor es también una forma de cuidar la salud.


El ciclo menstrual y el impacto psicológico

El ciclo menstrual forma parte de la experiencia de muchas mujeres durante una proporción importante de su vida. Algunas presentan pocos cambios asociados al ciclo; otras experimentan síntomas físicos o emocionales que interfieren significativamente con su funcionamiento.


El síndrome premenstrual puede incluir síntomas como irritabilidad, ansiedad, cambios del estado de ánimo, alteraciones del sueño, modificaciones del apetito, dificultades de concentración y síntomas físicos. Cuando estos cambios son intensos, recurrentes y afectan la vida cotidiana, no deberían ser simplemente descartados como “parte de ser mujer”.


Existe una condición más severa, el trastorno disfórico premenstrual, caracterizado por síntomas afectivos y físicos que pueden producir un deterioro importante del funcionamiento interpersonal, laboral y social.


La dimensión relacional también merece atención. Un estudio publicado en Journal of Affective Disorders (“Association between severe premenstrual disorders and change of romantic relationship: A prospective cohort of 15,606 women in Sweden”) siguió durante un promedio de 9,1 años a 15.606 mujeres. Entre las mujeres casadas o convivientes, aquellas con trastornos premenstruales severos presentaron un mayor riesgo de ruptura de la relación, con un IRR de 1,21. Los autores, sin embargo, advierten limitaciones importantes, entre ellas que los síntomas fueron evaluados mediante un reporte retrospectivo inicial y no mediante registro prospectivo diario. Por lo tanto, el estudio muestra una asociación, pero no demuestra que los síntomas premenstruales sean la causa directa de la ruptura.


Este matiz es fundamental: no podemos decir que “las hormonas destruyen las parejas”. Sí podemos afirmar que los síntomas premenstruales severos pueden constituir un desafío para las relaciones y que ese desafío merece atención clínica.


Cuando el problema hormonal entra en la pareja

Aquí aparece una dimensión que muchas veces queda fuera de las conversaciones sobre salud hormonal: la mujer no vive sus cambios físicos en soledad; los vive dentro de una relación. Y cuando una persona cambia, la dinámica de pareja también puede cambiar.


Una mujer comienza a sentirse más cansada, tiene menos paciencia, duerme peor, experimenta dolor, su deseo sexual disminuye y su cuerpo comienza a sentirse diferente. Su pareja observa el cambio, pero no necesariamente comprende su origen.


Entonces puede comenzar una secuencia peligrosa:

  1. Ella se distancia.

  2. Él interpreta rechazo.

  3. Él insiste.

  4. Ella siente presión y se distancia todavía más.

  5. Él se siente rechazado y ambos comienzan a discutir.

Lo que inicialmente podía haber sido un problema físico comienza a transformarse en un problema emocional y relacional.

¿Y si él piensa que ya no lo desea?

Imaginemos una situación frecuente: una mujer atraviesa una etapa de cambios hormonales y disminuye su deseo sexual. Su pareja nota la distancia, pero no sabe si se trata de cansancio, dolor, cambios hormonales, estrés, falta de deseo o un problema dentro de la relación.


Él puede comenzar a preguntarse:

  • “¿Ya no le gusto?”

  • “¿Hay otra persona?”

  • “¿Ya no me quiere?”

  • “¿Qué hice mal?”

  • “¿Por qué antes sí y ahora no?”


Ella, por su parte, puede pensar:

  • “¿Por qué no entiende que estoy agotada?”

  • “¿Por qué tengo que explicarlo todo?”

  • “¿Por qué solamente le importa el sexo?”

  • “¿Por qué no puede darse cuenta de que algo está cambiando en mi cuerpo?”


Entonces, ambos comienzan a reaccionar frente a interpretaciones, no necesariamente frente a la realidad.

Desde el enfoque cognitivo-conductual, esto es especialmente relevante: no reaccionamos solamente ante lo que la otra persona hace, sino ante el significado que atribuimos a lo que hace.

  • Él interpreta distancia como falta de amor.

  • Ella interpreta insistencia como falta de empatía.

  • Él se siente rechazado.

  • Ella se siente presionada.

  • Él insiste, ella se distancia, y el círculo se retroalimenta.


Un estudio de 2025 que debería hacernos hablar de esto

Existe evidencia reciente particularmente relevante para comprender este fenómeno. En 2025, Lúcia Costa-Paiva, Maria Paula Perini, Karla Simonia de Padua y Ana Lucia Ribeiro Valadares publicaron en Menopause el estudio “Genitourinary syndrome of menopause and sexual function, partner knowledge, and the impact on coupled sexual relationships”. La investigación evaluó a 266 parejas (532 personas) de entre 50 y 70 años, con el objetivo de analizar la prevalencia del síndrome genitourinario de la menopausia, su relación con la función sexual, el conocimiento que tenía la pareja sobre los síntomas y sus repercusiones en la vida sexual compartida.


Los resultados son especialmente significativos:

  • El 74,44 % de las mujeres estudiadas presentaba síndrome genitourinario de la menopausia.

  • La baja función sexual era mucho más frecuente en las mujeres que en sus parejas masculinas: 46,15 % frente a 15,77 %.

  • La sequedad vaginal estaba presente en el 44,15 % y el dolor durante las relaciones sexuales (dispareunia) en el 58,67 %. Ambos problemas se asociaron con disfunción sexual femenina, menor satisfacción sexual y evitación de las relaciones por miedo al dolor o por falta de deseo.


Pero existe un dato particularmente revelador: aproximadamente solo el 49 % de las parejas conocía los síntomas del síndrome genitourinario que experimentaba la mujer. Esto significa que cerca de la mitad de los compañeros no tenía un conocimiento adecuado de aquello que estaba viviendo su pareja.


Y aquí aparece una pregunta que va mucho más allá de la medicina: ¿cómo puede un hombre comprender el rechazo sexual de su pareja si desconoce que ella está evitando las relaciones porque anticipa dolor?

Cuando “no quiero” significa “me duele”

Esta diferencia puede cambiar completamente la interpretación de una situación.

Ella dice: “No quiero tener relaciones.”

Él escucha: “No te deseo.”

Pero ella puede estar pensando: “Tengo miedo de que vuelva a doler.”

La conducta observable es la misma (evitar la relación sexual), pero el significado psicológico es completamente diferente. El estudio de Costa-Paiva y colaboradores encontró precisamente que el malestar vaginal podía afectar la vida sexual de la pareja: las mujeres podían evitar las relaciones por preocupación ante el dolor, mientras que el malestar vaginal también podía repercutir sobre el deseo de los hombres.


Esto permite comprender algo fundamental: un síntoma físico de una persona puede terminar afectando la experiencia sexual de ambos miembros de la pareja.

Cuando él se siente rechazado y ella se siente presionada


Aquí puede aparecer uno de los ciclos relacionales más destructivos:

  • Él busca contacto para sentirse querido.

  • Ella evita el contacto porque anticipa dolor o incomodidad.

  • Él interpreta la distancia como rechazo.

  • Ella interpreta la insistencia como presión.

  • Él reclama más afecto.

  • Ella se distancia todavía más.

  • Él se siente menos deseado.

  • Ella se siente menos comprendida.


Finalmente, ambos dejan de hablar. Y la sexualidad, que alguna vez fue un espacio de intimidad, se transforma en un territorio de conflicto; no necesariamente porque haya dejado de existir el amor, sino porque cada uno está intentando protegerse de una amenaza diferente: ella intenta protegerse del dolor y él intenta protegerse del rechazo.


La incomprensión masculina: un problema que también necesita contexto

Hablar de la “incomprensión del hombre” requiere cuidado. No todos los hombres son indiferentes, no todos desconocen la menopausia ni todos reaccionan negativamente. Pero existe un problema cultural real: muchos hombres han recibido poca educación sobre los cambios fisiológicos que experimentan las mujeres a lo largo de la vida.


Un hombre puede haber aprendido sobre menstruación de manera superficial, pero no necesariamente sobre perimenopausia, síndrome genitourinario de la menopausia, sequedad vaginal, dispareunia, cambios en el deseo o el impacto del sueño y los síntomas vasomotores sobre el bienestar.

Entonces, puede encontrarse frente a una situación que no sabe interpretar. Y cuando no tenemos información, tendemos a completar los vacíos con nuestras propias explicaciones:

  • Él puede pensar: “Ya no le atraigo.”

  • Ella puede pensar: “No le importa mi sufrimiento.”

Ambos pueden estar equivocados.


Comprender no significa justificar

Este punto es esencial: explicar psicológicamente la conducta de una persona no significa justificarla.

Un hombre puede sentirse rechazado, inseguro o confundido, y eso merece ser escuchado; pero ninguna de esas emociones justifica presionar sexualmente a su pareja. Del mismo modo, una mujer puede estar atravesando dolor, cambios hormonales o dificultades emocionales, lo cual merece comprensión; pero tampoco significa que los conflictos de pareja deban ignorarse indefinidamente.


La relación necesita un espacio donde ambos puedan expresar sus necesidades sin invalidar las del otro. La salud sexual requiere consentimiento, seguridad, comunicación y respeto.


La sexualidad cambia, pero no necesariamente desaparece

Uno de los errores más frecuentes es pensar que la sexualidad tiene una única forma y que cualquier modificación significa deterioro. La sexualidad puede cambiar a lo largo de la vida:

  • Puede cambiar la frecuencia.

  • Puede cambiar el deseo.

  • Puede cambiar la respuesta corporal.

  • Puede aparecer dolor.

  • Puede ser necesario dedicar más tiempo a la excitación.

  • Puede cambiar la importancia de la penetración.

  • Puede aumentar la importancia de la intimidad emocional.

  • Puede ser necesario explorar otras formas de contacto.

Esto no significa que la vida sexual haya terminado: significa que la pareja necesita aprender nuevas formas de encontrarse.


La comunicación sexual importa más de lo que pensamos

La investigación respalda esta idea. El metaanálisis de Mallory, Stanton y Handy, publicado en The Journal of Sex Research, analizó 48 estudios y encontró asociaciones positivas entre la comunicación sexual de la pareja y distintas dimensiones del funcionamiento sexual, incluyendo deseo, excitación, lubricación, orgasmo, función eréctil, dolor y funcionamiento sexual global.


Otro metaanálisis posterior, publicado en Journal of Family Psychology, incluyó 93 estudios y 38.499 personas en relaciones de pareja. Encontró una asociación positiva entre la comunicación sexual y tanto la satisfacción de pareja como la satisfacción sexual; además, la calidad de la comunicación mostró asociaciones más fuertes que simplemente la frecuencia con que se habla sobre sexo.

Esto es clínicamente relevante, porque quizás el problema no empieza en la cama: comienza en la conversación que nunca ocurrió.

“Él debería entenderlo”


Es comprensible que una mujer pueda pensar esto. Después de años de convivencia, puede resultar frustrante tener que explicar nuevamente que algo duele, que está cansada, que su cuerpo ha cambiado o que su deseo no funciona como antes. Pero una pareja no puede comprender completamente aquello que nunca se conversa.


El hombre no necesita experimentar la menopausia para comprenderla; no necesita experimentar sequedad vaginal para comprender el dolor; no necesita experimentar fluctuaciones hormonales para comprender que algo está cambiando. Necesita información, empatía y disposición a escuchar. Y la mujer también necesita poder expresar lo que ocurre sin sentirse culpable.


El problema no siempre es la falta de amor

Esta distinción puede salvar relaciones:

  • Una disminución del deseo no necesariamente significa disminución del amor.

  • Una disminución de la frecuencia sexual no necesariamente significa infidelidad.

  • Una mujer que evita la penetración no necesariamente está rechazando a su pareja.

  • Un hombre que pregunta qué está ocurriendo no necesariamente está siendo egoísta.


Pero cuando las explicaciones no se hablan, cada uno puede construir su propia historia. Y las historias que construimos sobre nuestra pareja tienen consecuencias: “Ya no me quiere”, “Ya no me desea”, “Solo piensa en sexo”, “No le importa cómo me siento”, “Ya no soy atractiva”, “Ya no soy suficiente”. Estas creencias pueden terminar afectando la autoestima, el deseo, la comunicación y el vínculo.


El cuerpo de ella también puede afectar su autoestima

Los cambios hormonales no ocurren solamente en el interior del organismo; también pueden modificar la percepción que una mujer tiene de su cuerpo. Cambios en el peso, la piel, el cabello, la distribución de grasa corporal, el sueño, la energía, la sexualidad o la respuesta genital pueden generar una sensación de pérdida de familiaridad con el propio cuerpo.


Una mujer puede comenzar a pensar:

  • “Ya no soy la de antes.”

  • “Mi cuerpo está envejeciendo.”

  • “Ya no soy atractiva.”

  • “¿Mi pareja seguirá deseándome?”


Desde la psicología clínica, estas cogniciones merecen atención porque el problema no está únicamente en el cambio corporal: también importa el significado que la mujer atribuye a ese cambio.

El círculo entre autoestima, deseo y pareja

Una mujer que se siente incómoda con su cuerpo puede evitar la intimidad. La evitación puede generar distancia; la distancia puede generar preguntas de la pareja; las preguntas pueden ser interpretadas como crítica; la crítica percibida puede aumentar la inseguridad; la inseguridad puede disminuir aún más el deseo... Y así se construye otro círculo.


Por eso, en terapia, no basta con preguntar: “¿Cuánto sexo tienen?”

También es necesario preguntar:

  • “¿Cómo se siente ella con su cuerpo?”

  • “¿Cómo se siente él con los cambios?”

  • “¿Qué significa para cada uno la disminución del deseo?”

  • “¿Existe miedo al dolor?”

  • “¿Existe presión?”

  • “¿Pueden hablar de sexualidad sin discutir?”

  • “¿Pueden expresar necesidades sin sentirse rechazados?”


La pareja también necesita educación sexual adulta

La educación sexual no termina en la adolescencia; las parejas necesitan nueva educación sexual a medida que atraviesan nuevas etapas. El cuerpo de los 25 años no necesariamente funciona igual a los 45, y el cuerpo de los 45 no necesariamente funciona igual a los 60. La sexualidad también se transforma.


Una pareja madura necesita aprender a hablar sobre estos cambios:

  • Necesita saber que existen tratamientos médicos para determinados síntomas.

  • Necesita comprender que el dolor no debe normalizarse.

  • Necesita reconocer que el deseo puede fluctuar.

  • Necesita entender que la sexualidad puede adquirir nuevas formas.

  • Y necesita saber cuándo buscar ayuda profesional.


Intimidad no significa necesariamente sexo

Este punto puede ser particularmente importante para parejas que han entrado en un período de conflicto sexual. Cuando las relaciones sexuales se convierten en un problema, algunas parejas dejan incluso de tocarse. Desaparecen los abrazos, los besos disminuyen y el contacto físico comienza a interpretarse como una invitación sexual. Entonces ambos pierden algo importante: la intimidad no sexual.


Recuperar progresivamente el contacto puede ser terapéutico: abrazarse, caminar juntos, conversar, tomarse de la mano, masajearse, dormir juntos, reírse, compartir actividades, recuperar la complicidad. El objetivo no es que cada gesto termine necesariamente en una relación sexual; es recuperar la seguridad del contacto. Cuando el contacto vuelve a sentirse seguro, la sexualidad puede dejar de ser una exigencia y volver a ser una posibilidad.


La pareja necesita aprender a cambiar con ella

Quizás esta sea una de las preguntas más provocadoras del artículo: ¿y si el problema no es que ella cambió, sino que la pareja no aprendió a cambiar con ella?


Los cuerpos cambian, las prioridades cambian, los hijos crecen, el trabajo cambia, la salud cambia, la sexualidad cambia... Las relaciones de pareja también necesitan transformarse. Una pareja saludable no es necesariamente aquella que permanece idéntica durante 30 años; es aquella que puede adaptarse a las nuevas circunstancias sin perder la conexión emocional.


¿Qué puede hacer una pareja?

No existe una fórmula universal, pero sí algunas preguntas que pueden abrir una conversación diferente:

  • En lugar de “¿Por qué ya no quieres?”, podría preguntarse: “¿Qué estás experimentando cuando intentamos tener relaciones?”

  • En lugar de “Ya no me deseas”, podría decir: “Me he sentido distante de ti y tengo miedo de que algo haya cambiado entre nosotros.”

  • En lugar de “Son las hormonas”, podría decir: “Estoy experimentando cambios que todavía no comprendo completamente y necesito que tengamos paciencia.”

  • En lugar de “Esto antes no era así”, podría preguntarse: “¿Qué necesitamos ahora que antes no necesitábamos?”

Son pequeñas modificaciones en el lenguaje, pero pueden producir grandes diferencias en la interacción.


El papel de la psicología clínica y la terapia de pareja

Cuando los cambios físicos, hormonales o emocionales comienzan a deteriorar la relación, una evaluación psicológica puede ayudar a identificar qué está ocurriendo.

Desde un enfoque cognitivo-conductual pueden trabajarse: pensamientos automáticos relacionados con el envejecimiento y la sexualidad, ansiedad, depresión, autoestima, imagen corporal, miedo al dolor, evitación sexual, estrés, dificultades de comunicación, conflictos recurrentes, expectativas sexuales, creencias disfuncionales sobre masculinidad y feminidad, patrones de demanda y retirada, y dificultades de adaptación a las distintas etapas vitales. Pero la psicoterapia no reemplaza la evaluación médica.


Cuando existen síntomas físicos, dolor, sequedad vaginal, alteraciones importantes del ciclo, síntomas genitourinarios u otros cambios persistentes, corresponde realizar una evaluación médica apropiada.

La evidencia reciente sobre disfunción sexual en la menopausia enfatiza precisamente la necesidad de un enfoque multidimensional que integre factores biológicos, psicológicos y relacionales. Una revisión reciente señala entre las estrategias posibles los abordajes psicosexuales, la terapia cognitivo-conductual y la terapia de pareja, junto con las intervenciones médicas correspondientes según cada caso. No se trata de elegir entre medicina y psicología: se trata de comprender que muchas veces necesitamos ambas.


Cuando ambos necesitan ayuda

Hay situaciones en las que la mujer consulta inicialmente por un problema físico y termina descubriendo que existe también un problema de pareja; y otras en las que la pareja consulta por conflictos sexuales y descubre que existe un problema médico que nunca había sido evaluado. Por eso resulta tan importante no reducir el problema.


Una mujer puede necesitar atención ginecológica, tratamiento para determinados síntomas o psicoterapia. La pareja puede necesitar terapia sexual o terapia de pareja. Y todo esto puede coexistir. La complejidad no es un fracaso del diagnóstico: es una característica de la experiencia humana.


¿Y si no estás loca?

Volvamos al título: ¿y si no estás loca?

Quizás estás atravesando cambios hormonales, estás durmiendo mal, tienes dolor, estás sometida a demasiado estrés, estás atravesando la perimenopausia, tu deseo sexual ha cambiado, estás preocupada por tu cuerpo, necesitas atención médica, necesitas apoyo psicológico, necesitas hablar con tu pareja... O quizás varias de estas cosas están ocurriendo simultáneamente.

Lo importante no es encontrar rápidamente una única explicación; lo importante es dejar de invalidar la experiencia y comenzar a comprenderla.


Una nueva pregunta para la pareja

Tal vez la pregunta ya no debería ser “¿Qué te pasa?”. Podría ser: “¿Qué te está pasando y cómo podemos atravesarlo juntos?”

La primera pregunta puede sonar como reproche; la segunda abre una posibilidad. La primera busca una explicación; la segunda busca comprensión. Y cuando una pareja logra pasar de la acusación a la colaboración, algo comienza a cambiar: la mujer deja de sentirse sola frente a su cuerpo, el hombre deja de interpretar automáticamente la distancia como rechazo, la sexualidad deja de ser un examen y la intimidad puede comenzar a reconstruirse.


Conclusión

La salud hormonal femenina no puede comprenderse exclusivamente desde la biología, ni tampoco explicarse únicamente desde la psicología. La mujer es un organismo complejo en el que cerebro, hormonas, emociones, pensamientos, conductas, relaciones y contexto interactúan permanentemente. Por eso, cuando aparecen cambios hormonales, también pueden surgir modificaciones en la autoestima, el estado de ánimo, el sueño, la sexualidad y las relaciones interpersonales. Pero existe una diferencia fundamental entre decir “Son las hormonas” y decir “Comprendamos qué está ocurriendo”. La primera frase cierra la conversación; la segunda la abre.


Los datos disponibles muestran que los síntomas relacionados con la menopausia pueden afectar la función sexual y la satisfacción de la pareja, mientras que el conocimiento que tiene el compañero sobre lo que experimenta la mujer puede ser insuficiente. El estudio de Costa-Paiva y colaboradores, publicado en 2025, constituye una evidencia especialmente relevante en este sentido.


La investigación sobre comunicación sexual también indica que la calidad de la comunicación está relacionada con la satisfacción sexual y de pareja. Por eso, quizá el desafío no consiste en intentar volver a ser quienes éramos antes, sino en aprender a relacionarnos con quienes somos ahora.


La mujer no es solamente sus hormonas, pero tampoco es un cerebro separado de su cuerpo. Y su pareja no necesita vivir lo mismo para comprenderla: necesita escuchar, informarse, preguntar y respetar. Ambos necesitan aprender que una relación de largo plazo no consiste en permanecer iguales, sino en aprender a encontrarse nuevamente cada vez que la vida cambia. Porque quizás la verdadera pregunta no sea “¿Por qué ella ya no es como antes?”, sino: “¿Cómo podemos conocernos nuevamente en esta nueva etapa de nuestras vidas?”


Sobre la autora

Marcela Tessada es psicóloga clínica y neuropsicóloga cognitivo-conductual. Su trabajo integra la comprensión de los procesos emocionales, cognitivos y conductuales desde una perspectiva biopsicosocial, considerando la interacción entre salud física, funcionamiento cerebral, experiencias vitales y relaciones interpersonales.

En Salud en Perspectiva abordamos estos temas a través de espacios de reflexión e intervención profesional orientados a las dinámicas familiares, los vínculos de pareja y los procesos de adaptación.


Te invitamos a conocer más sobre nuestra propuesta en Salud en Perspectiva y conocer más sobre la autora en https://www.saludenperspectiva.com/marcela-tessada.

También puedes conocer nuestra propuesta institucional en Conócenos – Salud en Perspectiva: www.saludenperspectiva.com


Bibliografía

  • American College of Obstetricians and Gynecologists. (2023). Management of Premenstrual Disorders: Clinical Practice Guideline.


  • Costa-Paiva, L., Perini, M. P., de Padua, K. S., & Valadares, A. L. R. (2025). Genitourinary syndrome of menopause and sexual function, partner knowledge, and the impact on coupled sexual relationships. Menopause, 32(8), 685–691.


  • Mallory, A. B. (2022). Dimensions of couples' sexual communication, relationship satisfaction, and sexual satisfaction: A meta-analysis. Journal of Family Psychology, 36(3), 358–371.   


  • Mallory, A. B., Stanton, A. M., & Handy, A. B. (2019). Couples' Sexual Communication and Dimensions of Sexual Function: A Meta-Analysis. The Journal of Sex Research, 56(7), 882–898.   


  • Westermark, V., et al. (2024). Association between severe premenstrual disorders and change of romantic relationship: A prospective cohort of 15,606 women in Sweden. Journal of Affective Disorders, 364, 132–138.


Nota editorial - Salud en Perspectiva

En Salud en Perspectiva abordamos la salud desde una mirada integral, considerando la interacción entre cuerpo, mente, emociones y vínculos.

Este artículo tiene carácter psicoeducativo y reflexivo. No pretende diagnosticar ni atribuir exclusivamente a los cambios hormonales los síntomas físicos, emocionales, sexuales o relacionales descritos. Ante síntomas persistentes o que afecten la calidad de vida, recomendamos consultar con los profesionales de salud correspondientes. La información presentada no sustituye una evaluación médica, ginecológica, psicológica o sexológica individualizada.

 
 
 

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